| Home |
|
Comentarios sobre el cine de otro país pensados en ese otro país, pero que se pueden aplicar a este país.
Por Fernando E. Juan Lima
Aerolíneas Argentinas, esta vez sí a tiempo, me ha depositado en Madrid; es 14 de octubre, y además de llevar a cabo lo que me aquí me ha traído (la defensa de mi proyecto de tesis doctoral: “Ayudas públicas a la cinematografía”), la ocasión siempre es propicia para ver algo de cine. De allí las constataciones e ideas que aquí se desgranan, que pueden tener algún interés para el cinéfilo (a veces la ajenidad, el hecho de ser extranjero, permite una mirada algo más objetiva, que suple la falta del conocimiento específico que da la cotidianeidad).
En principio la situación es prometedora: Festival El Ojo Cojo por todo Madrid, en centros culturales, bares y plazas (su núcleo aglutinador: la diversidad y el dar lugar a temas y cinematografías usualmente ausentes en los circuitos comerciales, oficiales y culturales; uno de los ciclos, por ejemplo, se centra en la reciente producción rumana); retrospectivas de Theo Angelopoulos en el Círculo de Bellas Artes y de Monicelli y Manoel de Oliveira en la Filmoteca. Me decido por este último; experimentar Francisca (1981) tras el agotador viaje desde nuestros australes parajes me lleva a un acercamiento particular, casi un trance, en el que el particular ritmo y humor del portugués hacen parecer breve el pasaje de las casi tres horas de proyección. Es mucho lo que se proyectará, en fílmico, en esta primera parte de la retrospectiva. Pero este no es el motivo principal de estas líneas.
Es que, por otra parte, estar aquí me ha dado la oportunidad de asistir a las conferencias que dieron dos redactores del Cahiers du cinéma español, Gonzalo de Lucas y “nuestro” Jaime Pena, sobre “Mestizajes y contagios. Nuevas relaciones entre la ficción y el documental” (en el marco de un ciclo de cine titulado Nuevas fronteras y nuevos formatos para el cine español), tras lo cual se proyectó la muy lograda y sugerente La niebla sobre las palmeras, parte del cine invisible, oculto, subterráneo que existe también por esos lares. La película (especie de falso documental narrado por una persona muerta que no recuerda o no conoce bien su propia historia; formalmente arriesgada y muy pertinente al tema tratado) es de 2006 y fue dirigida por Lola Salvador y Carlos Molinero, este último egresado de la Escuela de Cine de la Comunidad de Madrid (ECAM), cuya estructura sorprende y da envidia no sólo desde el punto de vista de funcionamiento como casa de estudios, y por las condiciones técnicas en que ellos son llevados a cabo, sino por su propia conformación y naturaleza jurídica (absolutamente autónoma y ajena a los vaivenes políticos, pese a estar en la órbita estatal … pensemos en el BAFICI…).
Y aquella charla, el debate que ha suscitado y el hecho de poder cotejar in situ la realidad de la cuestión me llevan a pensar en el impacto real que ha tenido la Nueva Ley de Cine de España (NLCE, de 28 de diciembre de 2007), observando la cartelera que abarca dos semanas de estrenos e intentar un acercamiento crítico a lo que considero tres casos emblemáticos de la actual producción española.
En primer lugar, se advierte una fuerte presencia del cine comercial español ocupando gran número de pantallas o ventanas (aunque, claro está, ello no significa que lo expuesto se traduzca en el apoyo del público). Pero también pareciera haberse concretado un peligro que ya se podtía adivinarse en abstracto en la propia NLCE: al no computarse a los efectos de la cuota de pantalla las producciones de terceros países (extracomunitarios) proyectadas en versión original (V.O.), se ha producido una mayor presencia del cine hollywoodense en los cines que proyectan V.O. (constatación relevada durante octubre, pero confirmada por los directivos de la ECAM respecto de todo 2008). Y ello no tanto en detrimento de la producción iberoamericana (por cuanto, en términos generales, se halla equiparada a la comunitaria en estos aspectos), sino de la de otros orígenes (Asia, África, Oceanía). Así, una medida que podía pensarse como interesante por cuanto parecía tender a desalentar la penosa costumbre de doblar los filmes, podría terminar siendo artífice de una nueva reducción de la diversidad de la oferta cultural.
En segundo lugar, y yendo ya a la cartelera madrileña, me parece interesante acudir a tres ejemplos de películas españolas que pueden servir como muestra de la situación actual de su cine. Las propuestas son muy diferentes y por ello han sido escogidas: un acercamiento estrictamente comercial, propio de la “industria del entretenimiento”; otro desde la de un supuesto autor, que elabora un film “de arte o ensayo”; y un último, realizado por quien, pese a formar parte del mainstream ibérico, considero que posee elementos autorales y particularidades dignas de consideración.
Sexykiller (dirigida por Miguel Martí), historia de una estudiante de medicina asesina serial -sexualmente muy activa- que termina perseguida por sus resucitadas víctimas, transformadas en zombies, se inscribe en la tradición de lo que ya podría considerarse un género español: sexo, terror, gore, incorrección política y, sobre todo, mucho humor con acento en lo español (piénsese en, este último sentido, en Airbag, Torrente, Isi Disi, y, más específicamente, en toda la producción ibérica de Brian Yuzna, con Beyond Re-animator a la cabeza). En este marco, Sexykiller aparece como un filme menor, no por su producción, sino porque su nivel de desenfado y guarrada (y también de inteligencia), no se acerca a los ejemplos señalados; sin embargo, en la semana de su estreno, se ubicó décima en la taquilla.
Tiro en la cabeza es “la” película del momento para el mundo cinéfilo. Tapa del Cahiers du cinéma español, el hincapié se ha puesto más en cómo se aborda y ha abordado el tema del terrorismo en el cine (motivo de un dossier en dicha revista) que en sus méritos (o deméritos) cinematográficos. Jaime Rosales realiza un film conceptual, radical, que intriga y cuestiona al espectador, poniéndolo en un lugar incómodo. Ello no obstante, y aun cuando hace algo de ruido la falta de consistencia en la adopción de un punto de vista (se sigue con teleobjetivo la vida de un hombre, en apariencia “normal”, de lejos, sin escucharse o entenderse siquiera las conversaciones, hasta que, de buenas a primeras, aquel participa del asesinato de dos guardias civiles de sendos tiros en la cabeza; cambiando radicalmente a partir de allí la mirada antes señalada), el problema podría estar en otro lado. Es que Rosales parece muy conciente no sólo de la importancia del tema tratado, sino de su pretendida propia importancia. Así, se intenta una perspectiva ascética, distanciada, sin un evidente comentario moral sobre el tema del terrorismo de la ETA, remedando la aparente sinrazón de Henry, retrato de un asesino (se comparte la visión morettiana, claro está), pero se termina cayendo en una mirada omnipotente y omnipresente, grandilocuente en su regodeo en el concepto que se cree relevante y original, recordando así al peor Lars von Trier. Tiro en la cabeza demuestra que no hace falta recurrir a músicas que subrayen ni a personajes que pongan en palabras lo que sienten o lo que debemos sentir nosotros: toda la película se agota en una única idea, el acercamiento formal se relaciona más con una pretendida boutade que con elementos de mayor relevancia cinética.
Por último una elección que sé que ha de resultar polémica: Camino de Javier Fesser. El tema tratado asusta: la historia real de una niña a la que se le descubre un cáncer rarísimo y muy virulento, que le provoca rápidamente la muerte, y el tratamiento del asunto por el Opus Dei (al cual pertenece su familia), que actualmente tramita la canonización de la niña. Javier Fesser consigue acercarse a ese drama con contenido de denuncia sin renunciar a los rasgos que definen su obra anterior. Desde su adorable corto Aquel ritmillo, y pasando por la para mí “perfecta” El milagro de P. Tinto y su menos lograda La gran aventura de Mortadelo y Filemón (aun cuando son muchos sus aciertos, convirtiéndose quizás en la película que mejor ha trasportado el cómic a la pantalla, dando la sensación física de asistir al devenir de una historieta siguiendo cuadro a cuadro la narración -aciertos que se agigantan frente a Mortadelo y Filemón. Misión: salvar la tierra, dirigida por Miguel Bardem y estrenada en España en enero de este año-), Fesser ha evidenciado una particular empatía para con seres que viven en sus propios mundos, ajenos a la lógica que todos parecemos o creemos compartir (o hacemos como si compartiéramos). Todo en su mundo se parece al nuestro, pero de una manera fragmentada o exagerada: así, Camino sorprende con sus momentos de ese humor en el marco de una historia como la reseñada. ¿Por qué las operaciones a las que es sometida Camino (tal el nombre de la niña protagonista) son tan explícitas, transformándose en momentos auténticamente gore? ¿Cómo es posible aunar todo lo expuesto con secuencias animadas y cruces con la historia de la Cenicienta? Es cierto que el exceso kitsch puede alejar a algún espectador; pero también lo es que esa es otra de las marcas de origen. Imposible no unir la brutal e inesperada muerte del padre de Camino con las que acaecen en El milagro de P. Tinto. La increíble escena en que los féretros de padre e hija son enterrados juntos –uno sobre otro- también, al ser precedida de un primerísimo primer plano de una barreta desclavando la cruz del cajón a la manera en que San Antonio era usado para destapar una botella de soda (¡qué invento la gaseosa!), recuerda a su citada obra magna.
En fin, en momentos en que en Argentina se está discutiendo una amplia reforma al sistema de fomento no viene mal mirar la situación de un país al que se suele observar cuando se toman ese tipo de decisiones. Como ya hemos dicho, no resulta impropio cierto recelo frente a los “acuerdos de la industria” que sólo tienen en cuenta su propio interés. Ello presenta peligros al menos tan de cuidado como el de la consabida existencia de profesionales en la obtención de subsidios, sin ningún tipo de aspiración estética o cultural. En lo que hace a lo artístico, por lo demàs, no resulta impropio recordar lo que he escuchado por ahí: no es lo mismo ser profundo que haberse venido abajo.
|
|
|
|