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El rincón del Viejo Canalla IV PDF Imprimir E-mail

jorge_garca.jpgEl señor del sombrero está contento: un gran concierto de Juan José Mosalini y un nuevo disco de Lidia Borda para recomendar. Pasen y lean, esta especie de melómano-cinéfilo no muerde.

El regreso de Juan José Mosalini

Dentro de la atractiva y variada programación del 10° Festival Tango Buenos Aires, uno de los eventos más significativos fue el concierto que realizara el bandoneonista Juan José Mosalini al frente de su quinteto en el Teatro Avenida. Radicado en Francia desde hace más de treinta años y sin tocar en nuestro país desde hace más de dos décadas, su presencia en el festival –más allá de la reciente reedición en CD de algunos de sus discos por el sello Acqua- fue un verdadero acontecimiento. Si bien, como casi todos los músicos de su generación, Mosalini reconoce en sus composiciones la influencia inevitable de Astor Piazzolla, también pueden apreciarse en ellas ecos de la música clásica contemporánea y reminiscencias jazzísticas, sobre todo en la tendencia a la improvisación, tomando como base la melodía, que muestran varios de sus temas (no casualmente en alguno de sus discos grabó obras de Charlie Mingus y Thelonious Monk). Acompañado por un grupo de excelentes músicos, como el violinista Pablo Agri (hijo del recordado Antonio Agri, integrante durante muchos años del quinteto de Piazzolla), quien aparece como un digno sucesor de su padre, Cristian Zárate en piano, Roberto Tormo en contrabajo y Leonardo Sánchez –arreglador también de varios de los temas-, un notable intérprete, que con su guitarra acústica le otorga una muy particular sonoridad al grupo. Mosalini ofreció un repertorio integrado en gran parte por temas propios, pero en el que también se pudieron escuchar obras de otros autores. Como intérprete, el bandoneonista ofrece un sonido grave y dramático, con un fraseo que en el que se pueden detectar también ecos de la sonoridad de Leopoldo Federico. En un concierto que ofreció varios momentos de altísimo nivel mis highlights personales fueron su vibrante interpretación de Naomi, un tema que le dedicara a su esposa, sus dúos con Pablo Agri –recreando una conmovedora versión que grabara con su padre de Los mareados- y con Leonardo Sánchez, interpretando Villa Luro, de Tommy Gubitsch y la formidable versión de Tristezas de un doble A, el tema que Astor le dedicara a Alfred Arnold, el inventor del bandoneón, en el que Mosalini ofreció su solo más apasionado y febril de la noche. Por lo expuesto en este concierto, bueno sería que pudiéramos disfrutar con más frecuencia de la presencia de Juan José Mosalini en nuestro país. Jorge García. 

Lidia Borda – Ramito de cedrón. Acqua Records 201. 

A pesar de ser desde hace tiempo una de las mejores voces femeninas de las que actualmente interpretan tango, y de gozar de un grado de popularidad que otras/os colegas no consiguen, Lidia Borda no grababa un disco desde hace seis años. Dueña de un registro vocal particularmente afinado, muy apropiado para el tono sobrio e intimista de sus interpretaciones, su repertorio, a diferencia del de otros vocalistas, nunca recaló de manera excluyente en los referentes de la poesía tanguera, sino que también dio lugar a poetas –a veces injustamente- considerados menores, pero que también forman parte del acervo de la música porteña. Poco de lo expuesto puede aplicarse a Ramito de cedrón, su reciente y notable placa, basado en las músicas que Juan “Tata” Cedrón compuso inspirándose en poesías de diferentes épocas y autores ya que, en la mayoría de los casos son textos de grandes poetas, no hay prácticamente en el disco ningún tango y el tono de los temas está dentro de un registro mucho más expresionista, cercano al que desarrollara el Tata a lo largo de toda su carrera. Con los muy buenos arreglos de Diego Rolón y Daniel Godfrid y la llamativa ausencia de bandoneón (participa en un solo tema) en las distintas formaciones, desfilan aquí diversos temas de gran nivel, que hace verdaderamente difícil destacar a unos sobre otros. De todas maneras no dejaré se señalar mis preferencias, entre las que se encuentran la profunda melancolía de Palabras sin importancia, un poco transitado poema de Homero Manzi, que inicia el disco, el latente erotismo de la Milonga del plata, con versos de Julio Huasi, la sintética exposición de abandono en Pasaba algo, de Juan Gelman, el potente fresco social que propone Celedonio Flores en Arrabal salvaje, seguramente el tema de más raigambre tanguera del disco, la amarga ironía de Eche veinte centavos en la ranura, uno de los temas más populares del Tata, sobre poesía de Raúl González Tuñón y la barroca expresividad de Idilio salvaje, sobre versos del gran César Vallejo. Como se dijo al principio de esta reseña, hacía mucho tiempo que Lidia Borda no presentaba un disco y hay que decir, sin temor a equivocarse, que los resultados están a la altura de las expectativas despertadas. Solo cabe esperar que no pasen otros seis años hasta que presente otra placa. Jorge García.      
 
 
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