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La cuestión humana PDF Imprimir E-mail

La Question humaine

Francia, 2007, 143’

 

dirección Nicolas Klotz

producción Sophie Dulac, Michel Zana

guión Elisabeth Perceval sobre novela de François Emmanuel

fotografía Josée Deshaces

montaje Rose-Marie Lausson

música Syd Matters

intérpretes Mathieu Amalric, Michel Lonsdale, Laetitia Spigarelli, Jean Pierre Kalfon, Lou Castel, Valérie Dréville, Edith Scob.

 

 

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1. El tiempo debería detenerse. Ya no tenemos derecho a creer que su avance acompasará el progreso de la historia. Los viejos ideales de libertad, igualdad y fraternidad o, después, las rosas rojas del socialismo que instalaría la justicia sobre la Tierra han caducado. La historia no ha sido benigna con esas aspiraciones y ha disuelto el tiempo en un presente continuo en el cual la esperanza ha sido abolida y en el que las palabras de ayer –justicia, hermandad, solidaridad– son anatemas. No hay futuro; sólo presente ingrato, tan obtuso que si abrimos desde él la puerta al pasado sólo encontraremos lo peor, la raíz del mal hoy hecha árbol. Y únicamente nos servirá para comprobar que ese mal ha triunfado.

Si éste ha sido el resultado de la historia, lo que venga sólo puede ser peor. Presente perpetuo y canallesco, un futuro en el que la cuestión humana haya desaparecido será aún más vil. Por eso, el tiempo debería detenerse.

Este ánimo sombrío, esta advertencia son formulados por Nicolas Klotz y Elisabeth Perceval, su guionista y esposa. Es la cuestión humana la que está en juego en este momento. La de la supervivencia del hombre como tal. No la de la especie, amenazada por otros apocalipsis, sino la del concepto de hombre acuñado por el humanismo: un individuo, alguien consciente de sus actos y elecciones, capaz de vivir armónicamente con los otros y de utilizar sus capacidades no sólo en su propio beneficio, sino en el del conjunto. Un proyecto de vida que, Klotz nos dice, está muerto en las propias sociedades que lo generaron. La pátina democrática de ese mundo es sólo eso: una película delgada y engañosa que encubre a una sociedad totalitaria y rapaz. Desde el corazón de ese mundo opulento y egoísta, esta película, rama desgajada del tronco del viejo humanismo, viene a descorrer ese moderno velo de Maya, esa apariencia.

2. Como una imagen. Pero ni siquiera la apariencia es grata; apenas una imagen, falsa, del mundo de orden y eficiencia en el que vive Simon (el notable Mathieu Amalric), psicólogo a cargo de las relaciones humanas de una empresa alemana asentada en Francia, una imagen que enseguida se disipa; él es uno de los apóstoles de la excelencia, un modismo al uso para suavizar las salvajes prácticas empresariales modernas: despiadados tests de selección de empleados, prácticas paramilitares de despersonalización para el entrenamiento del personal, una racionalización que prescinde de miles de trabajadores son la verdad detrás de la apariencia. Fuera del trabajo su vida transcurre en la penumbra de un departamento ambientado con esterilidad posmoderna y sus neuróticas relaciones con dos mujeres. Cuando le encomiendan indagar sobre el equilibrio psicológico del señor Just, director de la empresa, los engranajes que mueven la maquinaria de ambos –la empresa y Simon– se hacen autónomos y en su girar emancipado van desarmando todo sentido: el de las vidas de Simon, del director y de quienes los rodean, y el de la propia narración que se quiebra y reconstruye con cada espasmo de la monstruosa maquinaria corporativa.

La cuestión humana es desde ese momento una investigación sobre la verdad y la apariencia, un viaje a un pasado tenebroso en el que como última ratio se agazapa la bestia nazi; también la constatación de que ese pasado se reproduce en el presente y se propone como modelo de futuro. Como en un relato chestertoniano, todos son investigados e investigan a los otros, las certezas se van disolviendo y son reemplazadas por los dolores íntimos y las miserias públicas, escondidas en algún archivo de la historia.

La propuesta de Klotz no es nueva y hasta tendría algo de lugar común si la formulara de otra manera, eligiendo un camino distinto al de este relato quebrado, que nunca se rinde al descanso de lo lineal en su búsqueda de la verdad oculta detrás de la apariencia: la dinámica del capitalismo necesita en su avance de formas de producción y control cada vez más totalitarias. No es necesario un imaginativo Simon que las desarrolle; mucho más simple es que aplique, sin saberlo al principio, las de la vieja maquinaria nazi, siempre disponible. A medida que Simon descubre la raíz de los métodos que aplica y la red de ocultamientos y genocidio que están en la génesis de la empresa, su vida se transforma en un viaje vertiginoso hacia el pasado y la desintegración (como en La flecha del tiempo, novela de Martin Amis en que la razón de su protagonista se disolvía acompañando su regreso a un pasado concentracionario). Ese viaje es, en la pantalla, la explosión de un espejo; fragmentos girando en el espacio que arrojan imágenes parciales, encuadres expresionistas que parecen desgajados del tronco narrativo central pero que terminan esclareciéndolo; al mismo tiempo son la expresión del ánimo disociado de Simon, o del señor Just y de todos los habitantes de ese mundo en que lo humano es una estrella menguante.

3. Juegos de gatos y ratones. La cuestión humana deviene en una especie de policial en donde el investigador es víctima y victimario, un juego perverso en el que todos irán ocupando esos mismos roles; al comienzo Simon somete a su novia a un vaivén histérico de seducción y abandono, pero ella lo desarma con su voz (en La cuestión humana, volveremos sobre ello, la música actúa como una herramienta de desguace de la personalidad). El señor Rose desconcierta a Simon al revelarle los desequilibrios psíquicos de Just. Éste a su vez personifica a la aflicción en su forma más primaria. La extraordinaria máscara de Michael Lonsdale, las pausas de su discurso, el aura de ausencia que es capaz de generar, la manera en que parece desarticular cada uno de sus músculos faciales y cargarlos de pesadumbre terminan componiendo la imagen de un ser víctima de una tristeza y un desconcierto terminales, pero que conserva reflejos de lo que fue: un ejecutivo feroz y eficiente. Su dolor en estado puro, el peso de su pasado, interpelan a Simon y lo desnudan de su ciencia pragmática; ese dolor y esa culpa echan sombra a su vez sobre el implacable Rose, y así sucesiva o simultáneamente, todos caen como palos de bowling ante el golpe de una arrasadora bola fétida, hasta dejar a la vista la ligazón del pasado totalitario con el presente de apariencia civilizada. La progresiva toma de conciencia del protagonista de Recursos Humanos, la noble película de Laurent Cantet, parece al lado de la radicalidad de la película de Klotz un trabajo voluntarioso y bienpensante.

4. Lo que se ve y lo que se oye. ¿Cuál es el punto de vista de La cuestión humana? Sin duda el del psicólogo Simon, pero la multiplicidad de sus ángulos, sus bruscos cortes que interrumpen la continuidad de las escenas que llevan el hilo narrativo, espejan también la totalidad del mundo que malamente lo contiene. La cuestión humana es un big bang narrativo, una explosión desde la oscuridad en camino a resumirse otra vez en ella.

La música subvierte, altera el orden y vuelca de adentro hacia afuera las grietas humanas de todos los agonistas de la película. Si, como dijimos, Simon es subyugado por el canto de su novia, más adelante la música electrónica de la disco propiciará paupérrimas ceremonias colectivas que descargan la angustia y el aturdimiento de Simon y de las sombras que bailan a su lado, todos solos y cercados por una escenografía de rejas y alambres tejidos. Esas escenas se cargan de un clima carcelario que los personajes, digitados por el diapasón hipnotizante de la música, asediados por una cámara asfixiante, bailarines autistas, poseídos por un frenesí de zombis, jamás advierten.

La música incidental comenta dialécticamente, discordando o armonizando, las acciones de los protagonistas. La música llamada clásica es la que acompaña la pasión del señor Just, modelo tardío de aquel romanticismo que se pervirtió en nazismo, sensibilidad en estado puro; su nervadura es acariciada o golpeada (para sus nervios expuestos el resultado es el mismo) por las notas musicales que lo arrojan al grado primario de la sensibilidad, más allá del bien y del mal pero consciente de cada uno de los extremos; la música es para él, a diferencia del resto, una herramienta de conciencia, un recordatorio de que el infierno existe y el cielo está perdido.

Pero también está Arie Neumann, el sobreviviente, el que desde el anonimato parece manejar los hilos que podrían desatar esta madeja maligna. Su presencia en el final es el testimonio de un pasado que quizá tenga un resquicio de futuro. Un testigo de otro tiempo y otros valores que nos recuerda que La cuestión humana es, en palabras de Nicolas Klotz, un homenaje a Tiempos modernos, aquellos de Chaplin en los que los engranajes de la máquina, en plena aceleración, todavía permitían la fuga hacia una modesta felicidad. Eduardo Rojas

 
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