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La película del X Bafici: Historias extraordinarias, de Mariano Llinás PDF Imprimir E-mail

Les contamos cuál es la película por la que será recordado el X Bafici.

El décimo Bafici será recordado, seguramente, como el Festival en que se exhibió por primera vez Historias extraordinarias, la película de más de cuatro horas de Mariano Llinás. Se trata de una película destinada a hacer historia en el cine argentino y a brindar una verdadera lección de inteligencia, imaginación, valentía y generosidad. Más allá de los premios, de las retrospectivas, de lo mucho o lo poco que nos haya resultado cada una de las novedades que el Bafici nos haya ofrecido en 2008, esta décima edición estará signada por Historias extraordinarias.

La película cuenta muchísimas historias, vertebradas a través de tres personajes, interpretados por el propio Mariano Llinás, su habitual coequiper Agustín Mendilaharzu y el actor Walter Jacob. A lo largo de esas tres narraciones básicas, que amagan constantemente con entrecruzarse, la película despliega una enorme cantidad de relatos, narrados de diferentes e imaginativas maneras, usando siempre la voz en off como estructura esencial. Casi no hay diálogos en Historias extraordinarias, aunque sí, los hay pero los vemos y no los escuchamos sino a través del narrador. Los cuentos maravillosos que nos cuenta Llinás redescubren a la provincia de Buenos Aires no como a esa planicie amorfa y estéril que imaginamos los porteños sino como un territorio de aventuras, donde todo puede pasar, donde hay historias a descubrir desde el recodo de un río hasta en una ventana de hotel que da a la plaza. La película es una declaración de principios a favor de los relatos: hay mucho para contar todavía, solo es cuestión de saber mirar y saber ponerlo en imágenes y sonido.

El otro extraordinario aporte de Llinás al cine argentino y al cine en general, además de rescatar el valor de las narraciones, es darle un lugar nuevo y desprejuiciado a la literatura, al uso desbordado de la voz en off. Los narradores llevan adelante el relato de punta a punta de la película, derribando el viejo mito cinéfilo que relaciona el voiceover con una suerte de fracaso en el intento de contar con imágenes. Llinás considera que un buen texto –como ya lo anticipaba en Balnearios y La más bella niña-- se integra perfectamente con las imágenes: son las dos las que forman parte del cine con iguales derechos y deberes. Si a alguien le quedan dudas de que esa conjunción fascinante entre la palabra y la imagen tiene algún lugar en la historia del cine, en cuatro horas quedará totalmente convencido.

Por último la película es también una declaración de principios a favor de filmar, como sea, con el formato que sea, con el único requisito de las ganas y la capacidad. Esta película proteica, desmesurada, abismal, arriesgada y algo demente, realizada a espaldas de créditos y subsidios, sin el INCAA y sin las fundaciones holandesas de rigor, incluye, además de un millón de sorprendentes detalles la presencia de un león, un tanque y una escena rodada en Mozambique. Todo se puede lograr, nada está más allá del alcance de un cineasta con coraje y talento. Se acabaron las excusas.

Euforizante y contagiosa, la película de Llinás es una suerte de manifiesto visual de cuatro horas de duración. Su aparición es importantísima para el cine argentino. Como sucedió en Mar del Plata con Pizza, birra, faso hace casi diez años, su presentación en el Bafici representó un acontecimiento histórico, que debería tener consecuencias en toda la producción nacional. Ya en nuestra edición en papel del mes de mayo, donde cubrimos la totalidad del décimo Bafici, le dedicaremos el espacio que se merece. Les queríamos ir avisando. Algo ha cambiado para siempre. Gustavo Noriega

 
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