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Periodismo In The Pendiente PDF Imprimir E-mail


Nuestro amigo Hernán Schell leyó un par de notas por ahí y le dio por pensar respecto de la responsabilidad del periodismo, de lo que implica realmente informar o desinformar, etcétera. El disparador de esas notas fue la muerte de Jorge Guinzburg, por eso el retrato a la Warhol que ilustra la nota (le hubiera gustado el chiste, además).



Hace un tiempo leí una nota que me impactó. Se trataba de un artículo que Osvaldo Bazán hizo en la página hipercrítico sobre Mario Mazzone y que puede leerse aquí. El título de la misma era "Mario Mazzone tenía cáncer" y allí Bazán hacía una suerte autoanálisis por no haberle informado al televidente que Mazzone tenía esa enfermedad por el "sólo" hecho de que el propio compañero de trabajo no quería que se supiera. Bazán se pregunta si estaba bien o mal no haber hecho público eso aún cuando tenía la información y sabía que existían muchos televidentes que querían a Mazzone y que podían estar interesados en su estado de salud. Él mismo menciona que un taxista le reprochó el que sabiendo la verdad no lo comunicó y así no preparó al espectador para la mala noticia.

Bazán concluye el artículo así:

Pregunto porque no sé, ¿tiene razón el señor taxista?¿Tenía razón Mazzone?¿Qué debería haber hecho?¿Respetamos su privacidad sólo porque era compañero de trabajo? ¿Qué cosa es la privacidad de una persona pública? ¿Hubiera sido útil que Mario dijera que se le complicaba por el avanzado estado de su enfermedad y que por favor, si sienten un dolor, háganselo ver rápidamente? No sé. Sé que hoy el tachero me reprochó no haber dicho la verdad. Y tenía razón, yo no la había dicho.

Me asombró que un periodista se preguntara algo como eso. El derecho a la privacidad es un derecho humano y hacer público algo así no sólo sin pedirle permiso al afectado sino además yendo intencionalmente en contra de su voluntad es algo que está definitivamente mal, no importa que tan pública sea esta persona y no importa cuanto lo aprecie un taxista. Que alguien que trabaja como comunicador en un medio masivo siquiera se cuestione algo así me pareció aberrante.

Sin embargo hace unos días me di cuenta que en cierta parte del mundo periodístico ese planteo pude ser tomado como válido.

La prueba de esto se encuentra en dos notas del último número de la revista Noticias, aquella que dice en su título Guinzburg y el tabú del cáncer. Me refiero a dos artículos que hablan de lo mismo. La primera es una sección llamada A nuestros lectores y la otra es ni más ni menos la nota de tapa. Ambas son muy confusas y están bastante mal escritas (de hecho, ni siquiera terminan de explicar bien porque el tema del cáncer debería ser llamado "tabú" en la sociedad) pero tienen cierta ambición puesto que en vez de querer hacer sólo un homenaje al humorista quieren además hacer una reflexión respecto de cómo trataron los medios su muerte y reclamarle al periodismo una cosa: que no hayan anunciado que Guinzburg murió de cáncer.

Los autores de las notas (María Fernanda Villoso y Daniel Seifert en el caso de la central, la otra no está firmada) señalan que cuando se anunciaba la noticia en otros medios los mismos mencionaban que había sido por una enfermedad que tenía desde chico o decidían hablar de una "larga y penosa enfermedad", o "una enfermedad de tal magnitud" o "una enfermedad más grave de lo que se pensaba" sin mencionar nunca la palabra cáncer y contradiciéndose entre ellos.

Como muchos ya saben, la razón principal de esta desinformación fue porque el propio comediante y periodista no quería que se supiera. Esta decisión fue respetada por los médicos del lugar en el que fue internado puesto que en el propio sanitario Mater Dei dijeron que la causa de la muerte debía ser "exclusivamente privativo del paciente y su familia". De esta manera hubo un primer grupo de periodistas que en un principio ignoraba la existencia del cáncer y hubo otro segundo grupo que, por respeto a la memoria de su colega, lo sabía pero prefería callarlo.

Las notas de la revista, se dirigen más que nada a los de este segundo grupo. Fíjense sino lo que se escribió en la carta a los lectores:

En los últimos días, los medios transmitieron casi en cadena nacional la muerte del querido y admirado Jorge Guinzburg. Salvo honrosas excepciones, se trató de una clase sobre lo que un periodista no debe hacer: desinformar. Fueron horas y horas de televisión y radio, páginas y pagínas de papel y de Internet sin cumplir con las reglas básicas para cubrir este tipo de noticias: quien murió, dónde, cómo, cuándo y por qué. La determinación de la mayoría de los medios fue no responder a este último interrogante. Fue notorio el esfuerzo de los periodistas por evitar preguntas directas y la incomodidad de algunos entrevistados para no cometer la imprudencia de decir lo que el periodista no quería que se dijera.

Luego esta idea tendría su reforzamiento en uno de los párrafos de la nota central en donde se habla de la supuesta gravedad de esta actitud de desinformar:

Lo que no se nombra, no existe. Un método de negación que, a lo largo de la historia argentina, atravesó desde cuestiones frívolas, como la identidad gay, hasta procesos dolorosos, como la figura del desaparecido en la dictadura. ¿Porqué, en este caso, el cáncer no existió para la mayoría de los medios periodísticos, salvo algunas excepciones como el diario Crítica, La Nación on-line o -¡atención: autobombo!- Perfil.com?.

Completamente de acuerdo con la idea de que el periodismo no debe desinformar, el problema es que esto debe aplicarse cuando se habla de desinformar de algo que afecta a una población como puede ser un índice de inflación, o un caso de corrupción gubernamental, o, por seguir el ejemplo de la nota, una desaparición de personas a manos de un gobierno pero nunca, absolutamente nunca, cuando se habla de la vida privada de alguien.

Como señala la misma nota, el cáncer era algo que "el periodista no quería que se nombrara". Por eso si existe algo que reclamar era que la mayoría de los periodistas no se haya limitado a decir simplemente lo que dijeron en la clínica Mater Dei y no ponerse a inventar enfermedades y que quienes si dijeron que tenía cáncer (las "honrosas excepciones") expliquen al menos porque deciden dar a conocer la enfermedad aún contra la voluntad del afectado.

Pero en vez de eso aquí lo que tenemos son periodistas reclamando a los que tuvieron la oportunidad de estar delante de la cámara que traicionen la voluntad de un fallecido porque había mucha gente que, en afán de satisfacer su cholulismo, estaba interesada en saber de que murió un personaje tan conocido y querible (la revista igualmente trata de decir en un momento que hubiera estado bueno que se informara de la enfermedad de Guinzburg, aún contra su voluntad, más que nada porque hubiera sido una buena oportunidad para hablar sobre ciertos mitos de la enfermedad y promocionar que la gente que tiene cáncer vaya a hacerse tratamiento, una justificación tan pelotuda que ni vale la pena discutir).

Se me podrá decir que estas son dos notas aisladas de una revista que, salvo excepciones, ha tenido el número suficiente de notas ridículas como para que no pueda tomársela muy en serio. Y sin embargo, creo que hay algo por demás interesante de estos escritos y es que son una representación de uno de los grandes males del periodismo actual.

Porque, es verdad, uno podría horrorizarse porque Noticias cree que hubiera estado perfecto que todos los medios hayan dicho que Guinzburg tenía cáncer aún cuando era un hecho que el difunto quería dejarlo en su vida privada, pero en realidad deberíamos de estar acostumbrados.

Si vamos al caso, constantemente vemos a los periodistas meterse donde no les incumbe para informarnos de cosas que sólo alimentan sentimientos tan irrelevantes como el morbo y/o el cholulismo. Así es como miles de veces vemos cámaras de noticieros en lugares irresponsables (funerales, lugares que obstruyen el accionar policial o médico) con cronistas haciendo preguntas inadecuadas de manera prepotente (familiares de víctimas de algún crimen espantoso que quieren estar solos a los que los acosan cronistas para preguntarles cosas tan inteligentes como "¿como te sentís?") o fotos que no deberían de publicarse saliendo orgullosamente a la luz pública (sospechosos de crímenes que con una sola exposición pueden quedar difamados o famosos atrapados in fraganti y contra su propia voluntad saliendo en tapas de revistas o en informes del noticiero que a veces hasta son centrales y tomados "seriamente" -recuérdese el caso del adulterio de Cecilia Bolocco-).

La raíz de este problema, creo yo, reside en el hecho de que mucho periodismo cree que informar bien es darnos a conocer no sólo datos que importen e influyan en nuestra vida diaria, sino noticias que, más allá de que puedan ser intrascendentes, deben de ser informadas porque pueden llegar a despertar nuestro interés. Así el periodista se vuelve no un hombre que nos dice sólo que pasa en el mundo, sino un miembro más de la industria del entretenimiento, entretenimiento que, en algunos casos, puede basarse en el atropello de los derechos del prójimo para conseguir eso que será una nota innecesaria, morbosa, canalla pero, eso sí, atractiva de ver, escuchar o leer y por ende justa de ser publicada según una ética tan rara como nefasta y enfermiza.

Hernán Schell

 
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