Esta nota forma parte del balance 2007 que se publica en el último número de la revista (tapa Soy Leyenda, corra al quiosco que tiene las críticas de todos los estrenos del año y se agota). En ella, Gustavo Noriega defiende con pasión y argumentos el lugar del cine en el cine, el prestar atención a lo que pasa jueves a jueves en las salas y describe con precisión un estado de cosas tanto en el espacio público como en la crítica (que es también y más que nada espacio público). Lean y digan, la cosa es apasionante.
El año que acaba de terminar estuvo marcado por una fuerte crisis en la
distribución de películas en la Argentina. La cantidad de espectadores bajó;
sin embargo, a diferencia de lo que se supone que indican las leyes del
mercado, el precio de las entradas subió. Nadie quedó conforme con la calidad
de lo exhibido y la piratería se convirtió en un competidor importante. La
industria respondió ante un problema nuevo, como es la generación de un
mercado negro posibilitado por las sencillísimas técnicas de copiado digital,
con armas viejas: represión y discursos morales. En ningún momento evaluó la
posibilidad de que algunas de sus prácticas, como las de aumentar los precios y
ahogar la exhibición, hubiera sido parte del problema. Todo el mundo está
confundido, nadie está feliz, cada sector acusa a otro y todos se quejan.
Uno de los grupos de discusión más inteligentes, y uno de los pocos a los
que no se puede acusar de tener intereses creados, es el de los críticos
cinéfilos cultos, a quienes, como si de una organización secreta se tratara,
llamaremos CCC: una constelación internacional de críticos que potenciaron su
cinefilia y sus lazos comunes en el circuito de los festivales. Adherentes del
cine arte, propulsores de las vanguardias y activos “descubridores” de nuevos
talentos y nuevos lenguajes, estos cinéfilos han dejado de prestar atención al
cine comercial sin pretensiones artísticas. Para muchos de ellos, la solución a
este estado de cosas reside en dejar de pensar en los estrenos semanales como
un evento significativo y refugiarse en formas menos convencionales de consumo,
que incluyen, naturalmente, la descarga de películas por la red y el copiado
indiscriminado. La idea está tan alejada de los estrenos de los jueves,
determinados por las distribuidoras y las salas de exhibición, como del consumo
bastardo de esos mismos estrenos pero en copias ruines vendidas en una manta en
cualquier vereda. Se trata, según los CCC, de una acción liberadora, que pone
en circulación un cine mucho más significativo que no encuentra (ni encontrará)
un canal de exhibición legal adecuado. Dentro de una discusión dentro de la
revista, publicada en elamante.com, Eduardo Russo decía: “Por otra parte, cada
día me estoy convenciendo más de que el cine que más me importa –el de los
últimos quince años al menos– está bastante despegado de lo que se estrena los
jueves. Por suerte, lo tenemos cada vez más a mano y disponible para quien
quiera. Es cosa de pegar el grito y despertar las ganas de verlo, nomás”. En el
site otroscines.com, en su columna, Quintín decía: “¿Por qué entonces seguir
jugando a la rutina de los estrenos de los jueves? ¿Por qué seguir escribiendo
reseñas sobre nada y para nadie con tamaña regularidad? ¿Para obtener un aviso
de las distribuidoras? Es posible. ¿Para mantener la ilusión de que existe la
crítica? Otro poco. Pero creo que hay una razón más siniestra: el espacio
dedicado a la lista de bodrios semanales evita que allí se hable y se escriba
de las películas en serio, las que se ven en festivales (aunque allí no son
todas las que están ni están todas las que son) o se consumen por medios
ilegales en un gran porcentaje.”
En el mismo site otro talentoso crítico duro, el español Manuel Yáñez, decía
en su balance de fin de año: “¿No es hora ya de asumir hasta las últimas
consecuencias la existencia del muy cacareado ‘nuevo audiovisual
contemporáneo’? ¿No sería un buen comienzo empezar a integrar en nuestras
listas todo tipo de objetos audiovisuales? No hay duda de que las fronteras que
se aplican al estudio del fenómeno audiovisual serán cada día más una canción
del pasado. Después de películas como Imperio, de David Lynch, o, aún en
mayor medida, Redacted, de Brian De Palma, ¿tiene algún sentido seguir
diferenciando entre película, espacio televisivo, video de YouTube, videoclip o
video doméstico?”.
Quintín es incapaz de imaginar motivos nobles por los cuales
uno pueda querer seguir prestándoles atención a los estrenos semanales, lo cual
me parece un error que trataré de despejar en los próximos párrafos. Y Yáñez se
contradice en el mismo párrafo (“con películas como… ¿tiene algún sentido
seguir diferenciando entre película…?”), una confusión que me parece
sintomática.
El punto de partida de los CCC es innegable. Pero la postura de desdeñar los
estrenos y buscar nuevas formas se encuentra con algunos problemas que en sus
planteos no se discuten. Una de estas dificultades, quizás la más importante,
es la de las formas de exhibición y de consumo. Las películas, como demuestra
el párrafo de Yáñez, todavía existen. Y las personas que las hacen piensan que
van a ser consumidas en salas, a oscuras, en silencio, con un tamaño de
pantalla adecuado, un sonido acorde y un espectador activo, que ha acudido a la
sala y ha pagado una entrada. La alternativa, en general, implica la visión de
películas en condiciones poco felices, o, por lo menos, diferentes en calidad
de las pensadas por los directores. El circuito de películas bajadas de Internet
tiene como techo de calidad –a menos que hablemos de personas ricas– la
proyección en un televisor familiar común. La pérdida de información puede ser
enorme. El citado párrafo de Yáñez es notable, ya que lo que Lynch y De Palma
han hecho con la cultura proveniente de YouTube y el copiado eterno son películas;
no colgaron un corto de la red ni distribuyeron dvds sin editar entre sus
amigos. O quizá lo hicieron, pero para poner sus obras en la consideración
pública y en condiciones de proyecciones maximizadas decidieron estrenarlas en
cines, en el circuito comercial. Afortunadamente, Imperio se estrenó el
año pasado y se anuncia Redacted para éste. No en YouTube, sino en los
cines argentinos.
Uno podría pensar que la dificultad del efecto sensorial –sonido potente,
imagen nítida– está restringida al cine comercial, un cine que embriaga los
sentidos pero que no invita a la inteligencia. Pero lo cierto es que hay
películas sensoriales tanto en el campo del cine arte como en el cine más
industrial. En mi lista de películas favoritas del año conviven Apocalypto
y Honor de cavalleria. La película de Mel Gibson requiere una gran
proyección: se trata de un gran relato adrenalínico, donde el elemento
sensorial es fundamental. No es muy distinto lo que sucede con Honor de
cavalleria, una contemplación extática de dos personajes conocidos gracias
a la literatura. Si una es profunda, la otra también lo será; si se piensa que Apocalypto
es una película plana, sin conexiones con el mundo real que obliguen a la
reflexión, es difícil pensar la catalana como en sus antípodas. Quien haya
escrito sobre cualquiera de las dos sabe que es difícil hacerlo sin hacer
referencia al cine mismo, ya que las dos funcionan como espectáculos que
refieren a su medio especifico y no al mundo real. El murmullo de las
hojas mecidas por el viento mientras Don Quijote y su escudero descansan,
¿puede ser apreciado en otro contexto de exhibición que no sea el de la sala de
cine? Afortunadamente, las dos películas, la de Albert Serra y la de Mel Gibson,
fueron estrenadas en salas comerciales y en 35 mm. Un punto a favor de los
estrenos. Y no vale decir que la película catalana fue exhibida en el Bafici:
no pude verla allí por razones de horario y fueron los aborrecidos jueves los
que me permitieron la posibilidad de verla en el medio para el que fue pensada.
Aclaración: si se hubiera estrenado en nuestro país, hubiera votado a En
la ciudad de Sylvia, de José Luis Guerín, en el primer lugar. La vi en
fílmico, en una sala, en Barcelona. Desprovista prácticamente de argumento,
centrada en la belleza femenina y en el jeroglífico que dibuja una persecución
(como Apocalypto, curiosamente), es una película sensorial como pocas.
No quiero saber en qué se convierte si se la baja de Internet comprimida y se
la ve en un televisor o en una pantalla de computadora.
Ahora bien, establecido para mi gusto que tanto el cine comercial como el
cine arte requieren de una proyección en sala y pierden eficacia en un
televisor o en una computadora, vamos a otro punto importante que los CCC
deberían contemplar. Se trata de un elemento eminentemente político. Abandonar
la cobertura de los jueves implica aislarse de la sociedad, renunciar a una
pelea, tirar la toalla. En el infinito mundo de los downloads, ¿de qué película
se discute?, ¿cuál es la que vemos en forma comunitaria? El hecho de que cada
uno baja y ve lo que quiere en el momento que quiere, ¿no implica una
dispersión imposible de manejar? Los estrenos ordenan la discusión y ponen las
películas a disposición de toda la sociedad. Lo que estamos reclamando es
justamente lo contrario de resignar ese espacio y encerrarse cada uno en su
casa con su mulita. Se trata de reconquistar ese lugar comunitario, de
discusión entre vecinos, que disponen de las mismas posibilidades de ir a ver Spiderman
3 o El cielo gira. La alternativa parece dirigirse en la dirección
de dejarse subsumir por la voracidad de los medios y sus productos o
convertirse en una secta distante, que habla de otras cosas que el resto de la
sociedad no dispone. Habría que dar un poco de batalla antes de entregar
mansamente un espacio con un potencial político democrático tan enorme.
Un tercer inconveniente que los aislacionistas CCC deberían contemplar es
que sólo en una dialéctica extremista se puede afirmar no hay nada para ver en
los estrenos, a diferencia de las promesas constantes del mundo del mercado
pirata de imágenes. Hay que pensar el mundo en términos de blanco-negro,
amigo-enemigo, para pensar que nada se va a sacar de los estrenos de los
jueves. Este año, los CCC se dieron permiso para disfrutar Déjà vu, de
Tony Scott. Daban un poco de gracia los devaneos de los críticos cultos para
establecer si Scott era o no un autor. Para cualquiera que siguiera las
películas semana a semana con un poco –no mucha—atención, Déjà vu
resultaba ser una película excitante pero un par de escalones debajo de, por
ejemplo, Enemigo Público, del mismo director, unos años anterior. Un
problema de los CCC es que, en su búsqueda neurótica de novedades que cambien
radicalmente el lenguaje cinematográfico, renuncian explícitamente a las
películas “normales”, las que confirman y constituyen el paradigma. Siempre
pensé que a una persona le gusta el fútbol si detiene el zapping para ver un
partido de ascenso o si se para en un potrero para ver cómo juegan los del
picado. Sé que me gustan los documentales, no porque aprecie Shoah y Sans
soleil (que lo hago) sino porque me detengo en Discovery para ver un
programa de media hora que me cuenta de la guerra de Crimea. El cine de los
jueves ofreció varias películas que no ameritan estar entre las diez del año,
que no rompen el paradigma ni renuevan el lenguaje, pero que sin embargo han
sido extraordinarias ventanas para pensar el mundo, grandes divertimentos o
momentos conmovedores. Los jueves me dieron Déjà vu, Libero, Carretera
al infierno, Letra y música, El descanso, Bourne,
entre otras, perfectos ejemplos de un cine posible, inteligente, feliz en su
ejecución y su recepción.
Así es que siento que hay varios motivos para defender el espacio de los
jueves. Quiero que bajen las entradas, que las películas queden a disposición
de la gente, de toda la gente, no sólo de una elite con conocimientos
tecnológicos. Que el cine no se divida entre los que tienen poder adquisitivo
como para comprar pochoclo ridículamente caro y los que tienen plata para tener
una PC que baje películas. Quiero seguir disfrutando del cine, no de un tipo en
especial, no de algunas pocas e inaccesibles películas, sino de todo aquel que
esté hecho con honestidad y pericia. El sistema de distribución y exhibición de
películas en la Argentina debe cambiar y hacerse más democrático y popular. Es
probablemente una causa perdida pero, ¿desde cuándo fue ésa una razón para no
seguir peleando? Gustavo Noriega
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