En el panorama del cine argentino, se puede incluir con justicia a Israel
Adrián Caetano en la categoría de “inteligente”. No porque sea un pensador
antes que un realizador de films, sino justamente porque se asume como
realizador de films. Aquí narra la historia de una pareja joven y disuelta, y
–sobre todo– de cómo ve esa disolución la hija del que una vez fue un
matrimonio. Hay dos registros en el film: el primero es el realismo triste de
las vidas de esos dos personajes adultos (perfectos Natalia Oreiro y Lautaro
Delgado). El segundo, la mirada de Mariana (la increíble Milagros Caetano, hija
del director, que parece la Sofia Coppola
de Frankenweenie o Los marginados). Mientras el primero
pasea por la derrota de una sociedad definitivamente reducida a castas (la
actual sociedad argentina del kirchnerismo reinante, ni más ni menos), la
segunda apela a lo constructivo de la infancia para ejercer una crítica y una
esperanza al mismo tiempo. La sabiduría de Caetano consiste en comprender cómo
mira una niña de doce años y reproducir los procedimientos de esa mirada
infantil: hay que ser muy inteligente para adoptar el punto de vista de la
infancia sin ser pueril (la puerilidad no es más que el lugar común que los
adultos que odian a los niños creen que es la infancia). Así, mientras el
realizador muestra con enorme sutileza cómo esos dos muchachos de clase media
que no lograron terminar sus estudios, que creen de algún modo en la cultura
incluso consumiéndola a partir de deshechos (se dice que se conocieron
comprando libros, se reparten al final copias de cds), terminaron fuera del
sistema y en trabajos de servidumbre, Mariana –que se hace llamar Gloria, todo
un juego de fantasía a la edad en que la fantasía es posible– triunfa
conquistando sus anhelos a pura imaginación y juego. Este contrapunto hace que
el film pueda eludir con absoluta elegancia las escenas sórdidas y las
violencias que se narran o adivinan. Que la tendencia violenta del padre y la
mala bebida de la madre queden poderosamente forjadas por secuencias sutiles.
Que el mundo, ajeno a los dramas personales, reaccione con humor absurdo. El
fresco de Caetano no deja títere con cabeza: las escuelas progre que son puro
negocio, los sociólogos que cobran millones al Estado para “alfabetizar a los
wichis”, los psicólogos policiales recién recibidos, los envilecidos servidores
de las clases altas (no ya aristócratas: “aristos” significaba “los mejores”)
quedan demolidos. Pero no hay dudas de que el director cree en una especie de
utopía posible, algo que con buena voluntad podemos llamar un “piso” a partir
del cual construir algo nuevo y, con un poco más de realismo, el “techo” que
fija la nueva clase dirigente a los humildes (cero movilidad social, un trabajo
digno que palia el hambre a condición de olvidar cualquier ambición). En ese
punto, el film no es ambiguo ni cínico sino realista, y como última tabla de
salvación, en un final hermoso, se aferra a la mirada de Mariana, ahora ya,
definitivamente, Gloria. Leonardo M.
D’Espósito
Entrevistas con Adrián Caetano y Anahí Berneri
por los estrenos de Francia y Por tu culpa. Dos notas sobre La pivellina + comentarios sobre las
películas anteriores de Covi y Frimmel. Cuatro notas sobre Camino y Javier Fesser. Cuatro sobre Vincere y Bellocchio y cuatro sobre El escritor oculto, Polanski y ¡James Belushi! Y dos sobre Iron Man 2. Y hasta una crítica extensa
y excéntrica sobre una película con Richard Gere y un perro. Estrenos muy bien
cubiertos, desde diferentes ángulos y diferentes opiniones.
Una gran nota sobre Kenji Mizoguchi, de ésas que revisan su punto de vista
crítico y nos obligan a pensar en el cine analizado y en nuestra propia
actividad. También hay obituarios hechos por especialistas.
Ah, ¿Cannes? Una cobertura impresionante, llena de ideas, de películas, de
miradas sobre el cine. Y con la lujosa y récord asistencia de tres redactores
de El Amante al festival más famoso
del mundo.
Y continuamos nuestra cobertura sobre el Bafici con una veintena de textos (y
nos quedó algo más para el número que viene), con una organización temática y
una variedad destacables: ¡hasta cubrimos los cortos institucionales!
En uno de esos rankings de calidad de vida que salen a cada rato, Buenos Aires
fue elegida la mejor ciudad sudamericana para vivir. Parece que hay como 40
factores a tener en cuenta que se combinan para definir ese ranking, pero no
leímos cuáles son exactamente esos parámetros. Quizás uno sea que en Buenos
Aires sale la mejor revista de cine: sí, El
Amante, ¿o pensaban que íbamos a dejar pasar la oportunidad de exagerar un
poco frente a este rutilante número de junio?
Argentina
/ Estados Unidos / Alemania / España / Venezuela, 2007, 93’
dirección: Anahí Berneri
producción: Daniel Burman, Diego Dubcovsky
guión: Anahí Berneri, Sergio Wolf, María Dolores Espeja, Gustavo Malajovich.
fotografía: Diego Poleri
dirección de arte: María Eugenia Sueiro
montaje: Alejandro Parisow
música: Nico Cota
sonido: Jésica Suárez, Javier Farina
intérpretes: Silvia Pérez, Martina Juncadella, Luciano Cáceres, Inés Saavedra,
Fabián Arenillas, Osmar Núñez, Carlos Portaluppi.
Poner el cuerpo por Javier Porta Fouz
“En efecto, la suerte está a favor de Eros. ¿Quién no coincidiría en silenciar este murmullo social por el clamor de
traseros, muslos y pantorrillas? Las nalgas reinan.”
Susan Sontag sobre Ferdydurke de
Gombrowicz
Encarnación es la historia de
Encarnación Levier. O más bien de Ernie Levier, y de cómo no quiso ser
Encarnación, y de cómo hace para seguir siendo Ernie. Y Encarnación también es la historia de Ana, la sobrina de Ernie. Y
de la mirada de Ana sobre Ernie. Y considerando que Ernie tiene 48 años y Ana
está por cumplir 15, Encarnación es
también la historia de una iniciación.
Ernie Levier es una ex vedette, o como quiera que sea el término que se utiliza
para describir a esas actrices que se han dedicado al teatro de revistas, a
determinados programas de televisión, a algunos comerciales y a ciertas
películas. Quedará más claro si decimos que Ernie Levier está interpretada por
–o encarnada en– Silvia Pérez, grabada a fuego para muchos como “chica Olmedo”,
y que entre 1979 y 1988 participó de una decena de películas con títulos como Las muñecas que hacen ¡Pum!, El telo y la tele, Las minas de Salomón Rey y El
manosanta está cargado. (Confesión: de aquellas a las que intenté entrar
como menor, El manosanta está cargado
fue la única película a cuya sala no logré pasar. Cine del hecho: Alfa o
Sarmiento. Los dos hoy son el Bingo Lavalle.) En esas películas, básicamente de
los ochenta, Silvia Pérez fue en general un gran “erotic relief”, como en la memorable salida de la ducha en Las minas de Salomón Rey. En 2006 volvió
al cine con un papel de reparto, de atractivo sexual, en Cara de queso.
En Encarnación, Silvia Péreztiene el protagónico en una película
encuadrada en el nuevo cine argentino, presentada en Toronto y San Sebastián y
premiada en ambos festivales, y que aparece –en la buena compañía de Una novia errante de Ana Katz– como otra
ficción argentina de 2007 dirigida por una mujer y que no solamente trata sobre
mujeres sino que además propone una mirada distintiva (ver el artículo “Una
cierta mirada”, de Josefina García Pullés y María Vicens de EA 183). Los resultados de Encarnación dependían de la sinergia que
pudiera conseguirse, de un lado, entre el armado del guión escrito a ocho manos
y la puesta en escena de Anahí Berneri y, del otro, del cuerpo de Silvia Pérez,
entendido como apuesta integral. Silvia Pérez necesitaba más que “cumplir como
actriz” para que Encarnación se
convirtiera en una película especial.
En su primer largometraje, Un año sin
amor (2004), Berneri tuvo como director de fotografía y camarógrafo a Lucio
Bonelli. En Encarnación, a Diego
Poleri. Ambas películas, en las que los cuerpos dominan la imagen, tienen
muchos planos detalle o cercanos, planos que no solamente están presentes sino
que además son muy significativos. Las dos películas comienzan con (en) la
pantalla de una computadora vista con ominosa cercanía (cada vez más, una
pantalla de computadora puede ser el presagio de absolutamente cualquier cosa).
En ambos casos, la actividad que realiza el personaje en la computadora es
comenzar a buscarse. En Un año sin amor,
cuya acción transcurre en 1996, Pablo, el protagonista, comienza a escribir una
novela/diario íntimo. En Encarnación,
Ernie se busca de manera más directa: se googlea;
es decir, pone su nombre en el buscador Google para ver qué se dice y qué se
muestra en internet sobre ella. Pero más allá de los planos de pantalla de PC
en la que se ve el pixelado, hay otros planos detalle que lo que revelan son
partes del cuerpo de Ernie; casi se podría decir que revelan sus píxeles. Con
casi cincuenta años (Silvia Pérez ya los cumplió), Ernie se mueve de manera
jovial. Y, salvo que uno preste especial atención a ciertas partes del cuerpo,
no aparenta la edad que tiene. Sin embargo, lo primero que vemos de Ernie, en
planos muy cercanos, son sus manos, una parte del cuerpo en la que no es
sencillo ocultar o disimular el paso del tiempo. En el juego que hace la
película, al develar tanto el personaje de Ernie como la imagen de Silvia
Pérez, los planos sobre sus manos son de crucial importancia. El personaje y la
imagen se sinceran, y pueden crecer a partir de poner el cuerpo. El primer
talento y la primera entrega de Pérez como actriz parte de esta relevante
“honestidad manual”, y así se inicia su compromiso para lograr que Ernie sea un
personaje digno de que una película lleve su nombre completo.
De las cuatro “chicas Olmedo” de los ochenta (ella, Adriana Brodsky, Susana
Romero, Beatriz Salomón), Silvia Pérez fue siempre la de expresión más cálida y
fotogénica, la que mejor supo sostener diálogos con la mirada y la de mayor
capacidad de improvisación (recordar el sketch de Álvarez y Borges de No toca botón). Hoy, Silvia Pérez parece
tener algún retoque facial, no del estilo bestial como los que se hizo Meg
Ryan, pero aun así visible. Y Ernie se hace cargo de estos retoques y propone
otro en su boca, a lo que su amante estable Jorge (Fabián Arenillas) le
responde que no, que está linda como está. Y lo está, pero esas cosas deben
demostrarse cinematográficamente. Parte de los logros de Berneri y Pérez en la
construcción del personaje están en mostrarlo en movimiento: Ernie camina con
intenciones arteras de seducción, pero a la vez con acompasado encanto, sin
plásticos, con la afectación justa. Hay un aire general de frescura insolente
en el personaje, que queda fijado en la provocación a Roberto (palurdo,
estratega, calentón, servicial, simpático al acecho, gerente de hotel e incluso
algo más, todo bien hecho por Luciano Cáceres). Ya desnuda en la cama, por corte
directo desde la puerta del bungalow, Ernie le dice a Roberto: “¿Era así lo del
almanaque?”. Ernie camina con desparpajo, con la insolencia de las francesas
urbanas, pero no está taconeando en París sino en la avenida Corrientes y en
Las Flores: taconea en un pueblo de la pampa, ya sea sobre baldosas que cubren
el pasto con intermitencias o sobre la tierra. Ernie vive en la calle (avenida)
Corrientes, y desde la ventana de su departamento ve los cartelones gigantes de
los espectáculos “de revista” actuales, desde el más “fino” Bailando por un voto a los prototípicos
de culos y tetas de vedettes + los sempiternos y semiabiertos brazos de
señalización inefable de los cómicos. Ernie vive enfrente, en la vereda de
enfrente, no tanto enfrentada sino separada de ese mundo y, como un conjuro,
pone un afiche de la película “La buena tierra”, en la que actuó y que da la
impresión ser una película “artie”. Encarnación no es pretenciosa sino
diáfana, abierta, directa, conectada con los ambientes: la avenida Corrientes
importa, define, y también importan el sol, el campo y los espacios amplios de
Las Flores. Ernie camina transpirada por una calle de tierra, y el polvo que
levanta un coche se le pega en la cara, y Silvia Pérez demuestra con economía
gestual ese malestar pegajoso: no es un fastidio adolescente sino una sensación
de molestia reconocible que desaparecerá al tirarse a la pileta (y en ese
pasaje está la clave de la resolución de la trama). Su sobrina Ana –lo único
que le interesa a Ernie de su familia–, por el contrario, es adolescente y
pasa de euforias a fastidios, a pasiones que cambian de signo con facilidad (y
Martina Juncadella la hace creíble, incluso en su pudor ante una fugitiva teta
de Ernie que intenta escaparse del corpiño de la bikini). Y es esa relación
entre Ernie y Ana, que Encarnación
decide establecer como tenue motor narrativo, lo que termina de redondear esta
película-retrato de rara ternura, de momentos sutiles como el del pase de la
colchoneta, y de canciones compuestas especialmente para que signifiquen
“canciones del montón”. El retrato de Ernie se empieza a completar desde la
mirada corta de los amigos de su cuñado, que no se animan a decirle nada y
esperan a que se vaya para proferir sus giladas. Luego vendrá el video enviado
por mail, que muestra cómo Ernie deja su huella, su herencia, en su sobrina: el
retrato de Ernie se completa así con su influencia sobre Ana. Con ese cierre
delicado se llega sin agotamientos al final del recorrido de esta película, que
describe a Ernie y a Silvia Pérez enmarcadas entre una pantalla de computadora
y otra. Y la descripción crece visualmente y se presenta como retrato. Y Encarnación, al narrar con elegancia,
luminosidad y ángulos diversos, pone ese retrato en movimiento.
“La identificación de las mujeres con la belleza era una manera de
inmovilizarlas. En tanto que el carácter evoluciona, revela, la belleza es
estática, una máscara, un imán para la proyección.”
Susan Sontag en “Una fotografía no es una opinión, ¿o sí?”
Entre todas
las cosas que podían pasar "malas" en este Cannes que acaba de
terminar, lo que más temíamos era una Palma de Oro o un gran premio para la
basura de Biutiful, perpetrada por Alejandro
González Iñárritu. Pero a pesar de que todo parecía armado para eso (era la
única película de la que se comentaba en todos lados, y cuando alguien pescaba
mi acento castellano me preguntaba inmediatamente qué es lo que pensaba de eso
-"Malheureusement, j'ai pas aimé, c'est le pire des films de monsieur
Iñárritu", era mi respuesta- ) Tim Burton parece haber tenido buen ojo o,
quizás, escuchado bien a Víctor Erice. Lo cierto es que los premios fueron muy
buenos. De hecho, el premio de actuación para Bardem por el film del
mexicano-hollywoodense, cantadísimo, quedó deslucido porque fue ex aequo con
Elio Germano, gran actor de La nostra
vita, un film no bueno pero, por lo menos, un film, dirigido por Daniele
Lucchetti.
Lo más importante de todo es que la única obra maestra incontestable, perfecta
del Festival, la única que no se podía discutir, se llevó la Palma de Oro. Uncle Boonmee, que recuerda vidas
pasadas, merece no un artículo sino un libro. Es un film bello, rico y
complejo, que le exige atención al espectador y le paga con una generosidad
tremenda. Se aparta de los temas que recorrieron constantemente las películas
vistas aquí (relación padre-hijo, relación mundo real-mundo virtual; relación
cine-realidad) para crear una poesía propia. En fin, que es realmente lo mejor
que hizo el tailandés, que ya tenía en su haber Blissfully Yours, Tropical
Malady y Syndromes and a Century.
O sea: imaginen lo que será ésta para ser mejor. Pero ya se escribirá al
respecto (esperemos que alguin la compre).
Ok: se puede sospechar que la tremenda situación actual en Tailandia tuvo algo
que ver a la hora de torcer el brazo del jurado hacia él, pero en parte, si se
ven todos los premios, uno se da cuenta de que realmente hubo que discutir como
la gente, y que los "compromisos" se diluyeron. No fue, dicen, un
gran Cannes: con más razón hay que aplaudir que este jurado haya sido justo con
lo que merecía defenderse. Si Binoche vino puesta (es la cara del afiche),
nadie puede reprocharle nada al jurado porque su trabajo en la película de
Kiarostami es excelente. Si Bardem era cantado, o si la película de Chad Un homme qui crie parece ser el típico
premio expiatorio de primermundistas con vergüencita, no se puede decir lo
mismo del premio al mejor guión a Lee Chang-dong, de darle un premio (el de
dirección) a la película más divertida de la Competencia (Tournée, joyita de Mathieu Amalric) o de
cualquiera del resto. Sin duda, esta es la mejor obra de Tim Burton en los
últimos años (no así de Erice, claro: nadie puede comparar El sol del membrillo con estos soles de la Costa Azul, tan
brillants como efímeros).
Espero volver aquí. Valió la pena. Leonardo D'Espósito
Esta última crónica del festival nacía con la
pretensión de comentar el palmarés. Por una vez poco hay que comentar. Los
comentarios ya están repartidos a lo largo de las crónicas anteriores. Las
mejores películas han encontrado su lugar en el palmarés, de una forma u otra,
y la mejor lo encabeza. ¿Qué más podemos pedir? Sin duda ha sido una decisión
histórica, un gesto radical del mismo calibre que el de 1999 cuando se premió a
Rosetta o 2003 cuando la
Palma de Oro se la llevó Elephant. El jurado
encabezado por Tim Burton ha cumplido con esa función que tantos jurados
olvidan: hacer crítica cinematográfica, de la buena, de esa que aspira a
cambiar el rumbo de las cosas.
Parecía un sueño imposible pero al final se ha cumplido. Lo mejor de este
palmarés es que permite redimir al propio festival, cuya sección oficial apenas
presentaba media docena de grandes películas y difícilmente podíamos salvar
alguna más. No sé qué puede significar que dos de las peores hayan compartido
el premio de interpretación. Ahora el festival será recordado por un palmarés
magnífico, un palmarés histórico que señala a una de las grandes películas de
los últimos tiempos, Uncle Boonmee Who Can Recall His Past Lives, y a un
cineasta destinado a marcar el futuro del cine; un cineasta que ya tendrá que
ser tomado en serio incluso por aquellos que consideraban su cine como un
capricho de los festivales y de ciertos críticos elitistas. Pues eso, ¡viva el
elitismo y viva Apichatpong! Jaime Pena