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Sobre Tiempo de cine, la revista y un ciclo PDF Imprimir E-mail
02.09.2010
la_regla_del_juego.jpg
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2 de septiembre PDF Imprimir E-mail
02.09.2010

amor_a_distancia.jpg Dieeez estrenos. Diez. 10. DIEZ. Así empieza septiembre de 2010. Tenemos mucho para contarles, y para que lean, y hasta alguna polémica.

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Fragmentos de una búsqueda PDF Imprimir E-mail
02.09.2010


Argentina, 2010, 75', dirigida por Pablo Milstein y Norberto Ludin.

 

Marita Verón es una joven tucumana que a los 23 años, en abril de 2002, desapareció de su hogar, presumiblemente por ser secuestrada para integrar una red de prostitución. Su madre, Susana Trimarco, la busca desde entonces. En su trayecto, liberó a más de doscientas jóvenes esclavizadas y logró un reconocimiento internacional. Nunca encontró a Marita.

Fragmentos de una búsqueda funciona más como un retrato de Susana y de las personas que la rodean que como una crónica de la desaparición de Marita Verón. Realizada por los directores de Sol de noche y producida por el reconocido locutor y periodista Eduardo Aliverti, la película conmueve al mostrar a la decidida y enérgica Susana, a su encantadora nieta y a un comisario interesado en el hecho pero que se encontró sistemáticamente con la hostilidad de sus camaradas de armas.

Como en tantos otros y conocidos casos, el peso de la catástrofe es absorbido por la mujer, que recicla el masazo en una energía movilizadora. Si la película está estructurada alrededor de la valiente mamá de Marita, el contrapunto necesario es el rostro vencido de su padre, Daniel Verón, un hombre sencillo que parece ir apagándose de tristeza ante la cámara.

Con inteligencia, los realizadores renuncian a la voz en off –que de alguna manera lastraba el buen trabajo investigativo de Sol de noche– para concentrare en un acercamiento desde la cámara, sensible y discreto. De esta manera, como el título lo indica, se toman episodios aislados de la búsqueda de Susana pero también de su vida cotidiana y de su relación con su nieta. La película, al renunciar al relato de los hechos y dejarlos entrar oblicuamente, permite hacer crecer a los protagonistas de esta tragedia terrible. Gustavo Noriega

Publicado en el número 220

 
El ambulante PDF Imprimir E-mail
02.09.2010


Argentina, 2009, 84’, dirigida por Eduardo de la Serna, Lucas Marcheggiano, Adriana Yurcovich.

Daniel Burmeister es un director prolífico, con más de cincuenta películas en su haber. También es un excéntrico, probablemente uno de los pocos directores de cine que puedan reparar el carburador de un Dodge 1500 con Poxilina. Daniel es el ambulante en cuestión, que va junto a su milqui desvencijado de pueblo en pueblo ofreciendo a los municipios hacer una película con los habitantes del lugar a cambio de casa, comida y parte de la recaudación de las funciones que él mismo proyecta (a 5 pesos los mayores y 2 los menores). La práctica artesanal de Burmeister, como él mismo la define, recuerda a aquellos primeros exhibidores anónimos, muchos de ellos trashumantes que iban con el cine a cuestas y que, a veces, filmaban sus propias películas. Demás está decir que, al igual que aquellos directores primitivos, los recursos de Burmeister son más bien escasos, entre ellos una vieja cámara VHS y una sábana que sirve de pantalla.
La película encuentra al ambulante en Benjamín Gould, un pueblo cordobés al límite de su propia existencia (según el censo del 2001 contaba con 788 habitantes). Los realizadores se centran casi exclusivamente en Daniel, observándolo y dejándolo hablar, sabiendo que su propia personalidad es razón de sobra para justificar el film. Pero también están atentos para refrendar, con un montaje a puro timing, el humor y el optimismo a prueba de todo del protagonista. Asimismo, al mostrar la forma en que Burmeister hace sus películas, con intereses personales y comerciales totalmente diferentes a los habituales en el mundo del cine, los directores ponen en evidencia los recursos esenciales (tanto materiales como intangibles) que se ponen en juego en la práctica cinematográfica. Rodrigo Aráoz

Publicada en el número 216
 
Un día en familia en contra PDF Imprimir E-mail
02.09.2010


Un Salomón a la derecha, por favor
En contra
Por Marcos Vieytes

still-walking_afiche.jpgLas películas de Kore-eda que he visto (After Life, Hana, Maborosi, dispuestas en el orden en el que las conocí, y no en el de realización) forman un cuerpo amable, lo que no impide que diversas oscuridades las crucen y constituyan, tornando agridulce la experiencia de verlas. La desaparición inexplicable y repentina del padre en Maborosi, la miseria como condición de vida inamovible en Hana, el hecho de estar viendo una ficción protagonizada íntegramente por muertos en After Life, ejemplifican la sombría tendencia del cine de Hirokazu. En esta última, un grupo de funcionarios metafísicos cumplen con la tarea de ayudar a que los muertos recientes escojan su recuerdo más feliz, puesto en escena cinematográficamente luego para que, una vez proyectado, suscite en quien lo ha elegido la misma grata emoción que les causara la experiencia original. A medida que ello sucede, van desapareciendo de la sala en la que están viendo las imágenes, para trasladarse eternamente al más allá de esa felicidad invocada. El juego de reflejos entre la situación de los personajes y la nuestra como espectadores es una de las más intensas que yo recuerde, además de que el desnivel entre la ficción y los testimonios frontales de no actores hacen de esa película una superficie fascinante por heterogénea. Algo similar sucede con Maborosi, film en el que la representación de lo familiar gira alrededor de situaciones y texturas sensuales y siniestras, así como en Hana, película en la que los envaramientos del cine de época y la pomposa exaltación de valores como los del honor y la muerte en sacrificio se ven desbaratados por unas convenciones cómicas que recuerdan las de la comedia a la italiana. En ninguna de estas películas se perciben propuestas radicales de ningún tipo, sino, más bien, la intención de evitar solemnidades y grandilocuencias.

Como si hubiera alcanzado el cielo siempre idéntico a sí mismo de After Life, en Still Walking Kore-eda consigue concretar del todo esas pacíficas intenciones insinuadas hasta el momento, y el resultado es no sólo una de las películas más chatas y aburridas que se hayan estrenado en lo que va del año, sino también una de las más irritantes apologías del statu quo. Eso no significa que este cielo light, pasteurizado, carezca de conflictos a nivel argumental, sino más bien que aquéllos no son tales, que los opuestos presentados no se enfrentan verdaderamente y ni siquiera son opuestos sino supuestos, que el final abierto esconde, en realidad, un cierre previo reaccionario, y que la forma audiovisual es la menos irregular, la más uniforme y acomodaticia de todas sus películas. Detrás de la emoción universal que genera la observación del paso del tiempo, lo que está en juego es un discurso que convalida no ya los roles sociales tradicionales sino también sus excesos, injusticias y abusos varios. Lo más irritante de esta operación es que funciona casi que por defecto, naturalizando conductas y formas de pensar a las que nos sometemos por costumbre. Más aún en el caso de ficciones como ésta, en las que todo filo estilístico ha sido mellado en pro de una idea lavada de realismo. Ficción que no sólo carece de identidad autoral fuerte, sino que también se aparta de la exageración marcada de los géneros, identificados desde el vamos con extremismos e incorrecciones políticas varias y, por ello mismo, expuestos con relativa facilidad a la neutralización crítica. Todo parece fluir como si no hubiera organización alguna de los acontecimientos, sazonados con una dosis de sentido del humor y trascendencia, tanto más demagógica cuanto que aligerada de causalidad.

El foco de interés central de Still Walking no es el del paso del tiempo. No asistimos a las distintas etapas en la vida de un hombre, así como la película tampoco experimenta con la duración, tratando el tiempo cinematográfico como materia autónoma. Lo que se pone en juego es la idea de tradición, modelo o legado que estructura a una sociedad, y resulta que la disyuntiva estándar construida por la película entre la razón fría, machista, deshumanizada, autoritaria, del padre médico, y la emoción del hijo prudente, afectuoso, autónomo, relacionado con el mundo del arte, termina por no dirimirse. No se puede postular una alternativa tan maniquea y luego esquivarle el bulto a la elección, porque eso equivale lisa y llanamente a optar por el mal, a dejar que las cosas sigan su curso establecido, cuando el mismo es claramente injusto. A esa indiferencia moral, a esa cobardía ética suele llamársele erróneamente juicio salomónico, cuando lo que haría falta en casos como éste es un acto de valor y astucia tan radical como el bíblico de Salomón para jugarse por una decisión que denuncie la falsedad de ciertas alternativas y establezca la verdad de un hecho. Si se entiende que eso puede ser complejo de realizar en la existencia, es inadmisible que suceda en la ficción. De allí que la escena clave sea ésa del nieto político hablándole solo a la noche, transformado en portavoz de la calculada moderación de la película.

Publicada en el número 219

 
Un día en familia a favor PDF Imprimir E-mail
02.09.2010


Aruitemo aruitemo
Japón, 2008, 108’

dirección
Hirokazu Kore-eda
guión
Hirokazu Kore-eda
fotografía
Yutaka Yamasaki
montaje
Hirokazu Kore-eda
música
Gonchichi
intérpretes
Hiroshi Abe, Yui Natsukawa, You, Kazuya Takahashi, Shohei Tanaka,
Hotaru Nomoto, Ryoga Hayashi.  


Corriente subterránea
A favo
r por Fernando E. Juan Lima

still_walking.jpgEl conflicto generacional frente al cambio de los tiempos, los trenes cruzando la pantalla, la altura de la cámara, los interiores que se vacían, se pueblan y se vuelven a vaciar en una toma fija podrían remitirnos a la obra de Ozu. Pero estas referencias, así como la posibilidad de interpretar la trama como el reverso de Historia de Tokio (aquí quienes visitan son los hijos y no los padres, se va de la ciudad al campo y no al revés, la viuda del hijo ahora es la viuda casada con un hijo), no autorizan a dejar en esa comparación la valoración de la película. Hacer esto implicaría perderse los matices que la enriquecen y controvierten las acusaciones de cierta condescendencia hacia el público occidental. Nos encontramos aquí con algo bien distinto al pretendido y decepcionante homenaje al clásico de Ozu realizado por Doris Dörrie (Las flores del cerezo), a la ciertamente más lograda y respetuosa dedicatoria de Hou Hsiao-hsien (Café Lumière) o a los productos de “japonesidad pasteurizada” pensados para su distribución global (Final de partida, de Yôjirô Takita, por ejemplo).
Bajo una apariencia más transparente que la de las obras anteriores que pudimos ver por estas tierras (las estrenadas After life y Nadie sabe, y Distance y Hana, vistas en MDP y Bafici, respectivamente), Kore-eda construye una historia en la que se pueden advertir el cruce de elementos autobiográficos, reflexiones con vocación de generalidad y múltiples referencias a la cultura japonesa. Aun aceptando el aludido parentesco con Ozu, parece mayor la influencia del menos conocido Naruse. Sin perjuicio de señalar que los elementos formales aludidos eran compartidos por ambos autores, en el caso de éste último (“descubierto” por aquí gracias a las películas programadas por la Lugones en 2004) existen otros factores que nos hablan de su presencia. En el marco de una puesta en escena y una música tranquilizadoras (esta última a veces demasiado previsible, cabe decirlo), el clima creado por Kore-eda en modo alguno roza la placidez, el humanismo y hasta el optimismo que caracteriza a Ozu. Al cojugar belleza, lirismo, poesía y ternura con dureza, crueldad, perversión y hasta violencia, Un día en familia dialoga con la mirada más moderna y pesimista de Naruse. El título original (que remite a un tema musical cuya relación con la trama no cabe develar aquí, pero que elude la visión idílica de la familia tradicional); la idea de la renuncia inevitable y dolorosa, pero desprovista de romanticismo; la mayor explicitud en los diálogos; la detallada construcción de personajes femeninos (rasgo común con Mizoguchi); la idea final de que no existe posibilidad de escape: todo ello recuerda al menos conocido de los cuatro maestros clásicos del cine japonés. El ámbito en el que éste mejor se movía era el del shomin geki (films sobre la clase media baja). Y es aquí donde Kore-eda se abre a la actualidad (aunque lo contemporáneo también era un rasgo de Naruse, hablamos de contemporaneidades distintas), marcando la “decadencia” o el cambio que va del padre médico (que aun jubilado exige ser tratado de “doctor”) a la realidad de sus hijos (el primogénito, que seguiría su senda, fallecido; el segundo, con problemas laborales en un trabajo considerado “menor”; la más pequeña, que trata de volver a vivir con su familia en la casa paterna). El padre cascarrabias y su cruel mujer (quienes parecen unidos más por el resentimiento y la costumbre que por algún sentimiento noble) no encuadraban en ese género. Sus hijos sí.
Ya sabemos del excelente trabajo de Kore-eda con los niños, así como de la elegancia con que estructura la narración. En este caso, bajo el aparentemente plácido flujo de las imágenes, subyace el conflicto relacionado con el cambio de época y de paradigma familiar y social. El personaje del padre, atado a la tradición, y su mujer, que parece escapada de una obra de Tennesee Williams (¿Ozu vs. Naruse?), pertenecen al pasado que languidece; sus hijos son el presente y los niños el devenir. La mirada sobre la familia más que escéptica es despiadada. Como en Naruse, todos los aparentes temas no son más que un mismo tema. En Kore-eda ese tema siempre es la muerte. La muerte del hermano cuyo aniversario provoca la reunión familiar, la de los padres, pero también la de la familia clásica patriarcal. Los dos únicos movimientos de cámara son los que tienen que ver con el acercamiento a la tumba del primogénito fallecido y, al final, la mirada que se eleva de esa familia sobreviviente (y corrupta según los cánones tradicionales) para posarse sobre un tren que pasa a lo lejos. No está claro a dónde nos lleva ese tren; pero sí que aunque el periplo esté poblado de decepciones, traiciones y resentimientos, posiblemente sea mejor que el recorrido hasta ahora.

Publicada en el número 219

 
26 de agosto PDF Imprimir E-mail
27.08.2010

luz_silenciosa.jpg
Seis estrenos, tres hablados en inglés, tres en otros idiomas. Uno estrenado en DVD. Uno argentino. Uno genera grandes polémicas. Uno que le gusta a uno y al resto no mucho. Uno que no le gusta a nadie.




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Cuento chino, clasista y combativo PDF Imprimir E-mail
27.08.2010


Argentina, 2009, 76’, dirigida por Pepe Salvia.

A fines de los noventa dirigió un mediometraje para la televisión, pero Pepe Salvia es mucho más conocido por su labor como productor (El último verano de la Boyita, La cámara oscura) que por la de director. Sin embargo, en 2001 comenzó a rodar –prácticamente en solitario, ya que es responsable tanto de la producción como del guión, la cámara, la iluminación y la música–, en un barrio de los suburbios de La Matanza, un film centrado en un médico (“el Chino”) que, casi sin ayuda estatal y apoyándose en la solidaridad de los vecinos, ha creado un sistema de salud alternativo que da cobertura a miles de personas. Lo primero que llama la atención es la coherencia estilística del film, rodado en varias etapas a lo largo de ocho años, ya que no aparecen desniveles notorios en su estructura. Por otra parte, si bien el personaje central es el del Chino, un gordo querible, comprometido hasta el tuétano con sus semejantes y con la necesidad de modificar la realidad, el film adquiere un carácter marcadamente coral a partir de las distintas situaciones que viven los habitantes del lugar. Hay pequeñas viñetas notables que definen con precisión personajes y contextos, y en ningún momento se cae en la denuncia explícita, aunque algunos aspectos expresan mejor que cualquier discurso panfletario una situación social: un breve plano de una mujer sola llorando en una esquina, alguna espera angustiada en un rincón de un consultorio, la respuesta como al pasar de una mujer que dice que tiene ocho hijos, aunque en realidad tuvo trece pero cinco murieron. Poniéndonos exigentes, podríamos decir que el film no tiene un gran vuelo, pero en su modesta propuesta ofrece un buen ejemplo de cómo documentar, sin recurrir a golpes bajos, aspectos de la cotidianidad de sectores marginados que, apelando a la solidaridad como valor esencial, intentan  mejorar sus condiciones de vida. Jorge García

Publicado en el número 220.

 
El rincón del Viejo Canalla XXIII PDF Imprimir E-mail
23.08.2010
jorge_garca.jpg
Incansable, el Viejo Canalla sigue escuchando discos. Algunos afirman que se ha convertido en un par de orejas con sombrero.
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PATRICIA BÉLIERES Y PABLO FRAGUELA. Chansons Aimées. RGS music 1599. PDF Imprimir E-mail
23.08.2010

Con una trayectoria que ya reconoce antecedentes en otros discos, la cantante franco-argentina Patricia Bélieres, de una sólida formación intercultural europea y americana y el pianista Pablo Fraguela, con apariciones mayoritarias en el terreno del folclore, emprenden en esta placa la, a priori, dificultosa tarea de incursionar en un repertorio integrado por grandes clásicos de la canción francesa de las décadas del 30 y el 60. Y digo dificultosa porque la gran mayoría de esos temas han reconocido interpretaciones memorables a cargo de artistas de la talla de Edith Piaf, Yves Montand, Jacques Brel y Charles Trenet ( ¡vaya nombrecitos!), por citar algunos. Sin embargo, a fuerza de sutileza, refinamiento y buen gusto, el dúo se encarga de que sus recreaciones suenen frescas y originales, sin recorrer los resbaladizos territorios de la imitación y/o el homenaje. Belieres es una cantante muy dotada, con un registro que oscila entre la sensualidad y el desenfado, sin omitir la melancolía y en cuanto al pianista, encargado de los arreglos musicales, acompaña con la necesaria discreción a la vocalista. A partir de esas premisas, temas tan conocidos como La mer, La vie en rose, C´est si bon, Les feuilles mortes, Ne me quitte pas y Je ne regrette rien aparecen en versiones muy dignas de ser juzgadas por sus propios valores, sin la necesidad de entrar en odiosas e innecesarias comparaciones. También un clásico de Kurt Weil, Youkali, es entregado en una sobria y contenida interpretación. Un disco que muestra a dos artistas que salen airosos del difícil desafío de recrear un repertorio que se ha convertido en clásico dentro de la música popular francesa y, porque no, universal. Jorge García
 
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