65° Berlinale (FJL-LNV)

Comencemos por el principio: la película de apertura de la 65° edición del Festival Internacional de Cine de Berlín fue Nobody wants the night de la española Isabel Coixet. Con ella iniciamos esta nota por una cuestión de prolijidad, pero también porque debemos ser de los pocos (¿los únicos argentinos?) que con estoicismo presenciaron completos los  118 minutos de esta coproducción hablada en inglés y filmada en Groenlandia de la directora de Mi vida sin mí, La vida secreta de las palabras y La elegida. Y ya que hicimos ese esfuerzo lindante con el heroísmo, dediquemos pues algunos renglones a esta realización que redefine los límites de la expresión “vergüenza ajena”. El triángulo conformado por el famoso explorador del Ártico Robert Peary, su mujer y una esquimal son la excusa para una bajada de línea seudo-feminista que de tan grosera y lineal funciona en sentido exactamente inverso al pretendido. Es 1908 y la mujer del explorador decide ir a reencontrarse con su marido, siguiéndolo hasta los confines del mundo. “Robertito, no me dejes sola, yo te sigo hasta el Polo Norte” parece decir el personaje interpretado por Juliette Binoche, que se interna en el Ártico en una riesgosísima expedición que costará la vida a unos cuantos de los obligados compañeros de ruta de la señora (entre ellos al hombre a cargo de ella, interpretado por Gabriel Byrne). El arribo al último refugio en el camino al polo no la reencontrará con su marido, pero sí con la aborigen con la que aquél convivía en sus “escapadas polares”. ¿Quieren más? Las dos mujeres quedan solas en la larga noche del invierno polar y al descubrimiento de la doble vida se suma un embarazo y posterior parto. Y en todo este cocoliche no hay nada de humor o autoconciencia; el tono es el de dejar en claro el valor y la determinación de las mujeres, que a todo se sobreponen. Las frases/aforismos que descerraja la lugareña embarazada (especie de Rabino Bergman de las nieves) se multiplican al punto de superar el límite tolerable de humor involuntario y generar una incontenible pulsión asesina en los espectadores. El fantasma de Gabriel Byrne también se le aparece a la mujer del explorador. Pero las imágenes de la inmensidad blanca son muy bellas. En fin, insostenible.

La película de cierre fue La cenicienta de Kenneth Branagh (sí: ¡qué doblete!), pero ya a esa altura, temimos por nuestra salud y decidimos pasar. Este tipo de decisiones son las que justifican la consabida cantinela que refiere a la supuesta decadencia de este festival. Y si bien es cierto que es muy difícil defenderlas (más allá de que no podemos obviar que, por ejemplo, Grace de Mónaco abrió el Festival de Cannes), tampoco podemos dejar de advertir que las películas proyectadas en la Berlinale rondan las 400. Sí, el festival es gigante, monstruoso; y más allá de la selección oficial competitiva las secciones paralelas “Generation” (que contiene “Generation Kplus” y “Generation 14 plus” y el programa de cortos), la extensísima Panorama, la más radical y heterogénea “Forum” (y “Forum Expanded”), Perspectivas del cine alemán, Cine culinario y retrospectivas hacen la oferta inabarcable. La cantidad de salas distribuidas por toda la ciudad es también llamativa, aunque los críticos suelan concentrarse en el Berlinale Palast y en las salas de las cercanías de la Potsdamer Platz, donde el festival tiene su epicentro. Si en el caso del Festival de Cannes existe una clara tendencia de la prensa a cubrir con mayor detalle la competencia oficial, en el caso de Berlín esa línea de acción es casi exclusiva.

No es que busquemos excusas pero estamos de vacaciones en Berlín. Ya hemos cumplido con el “deber ser” al ver la horrible película de apertura y, en tanto la muestra es inabarcable, la decisión es discurrir amablemente por los distintos cines y sus barrios, por las diversas secciones y sus diferentes propuestas. La brújula: las ganas, la sospecha, el gusto, el capricho. El resultado de este derrotero no es en modo alguno negativo: ocho días y treinta y dos películas después, no son pocas las que podemos recomendar. Algunas de ellas, incluso, de la competencia oficial.

El seleccionado alemán en dicha competencia, en particular, estuvo a la altura de las circunstancias (claro que no vimos 13 minutes de Oliver-La caída-Hirschbiegel…). Queen of the desert, de Werner Herzog, es una anomalía en la carrera de un director anómalo. La vida de Gertrude Bell (1868-1926), historiadora, novelista y parte del servicio secreto británico que tuvo un rol decisivo en la construcción política del Medio Oriente allá por la década del veinte del siglo pasado es abordada no desde la mirada documental sino desde el cine de aventuras. Una mujer es la persona occidental que mejor supo comprender el alma del mundo árabe y sus andanzas en el desierto habrían ayudado a trazar los bordes de las fronteras tras el reacomodamiento forzado por el fin de la Primera Guerra Mundial. Nicole Kidman (que recupera algo de humanidad con el descenso del porcentaje de bótox-en-rostro), James Franco, Damian Lewis y Robert Pattinson (Lawrence de Arabia que opera casi como comic relief) parecen disfrutar de esta propuesta que no ahorra panorámicas y travellings espectaculares, sumando el espectacular paisaje a este western en el desierto. Aquí sí el componente geográfico y su explotación, así como la mirada sobre lo femenino como fuerza irreductible se palpan y se sienten sin por eso olvidar el humor y la aventura. Todo lo que no sucede con Nobody wants the night de Isabel Coixet.

Victoria de Sebastián Schipper, parece cumplir la proeza de una película filmada sin cortes, en un solo plano (y su metraje es de 140 minutos). La hazaña nos interesa menos desde el costado deportivo (aunque prestamos atención y no pudimos advertir las trampitas presentes en La soga o El arca rusa) que en lo que tiene que ver con cómo esta decisión formal dota de energía y urgencia a una narración vibrante. En concreto: que si existen o no esas trampas poco nos importa. Lo que sí destacamos es cómo de una consigna tan sencilla como demoledora (relacionada con aquello que podríamos llegar a hacer para no estar solos) se abre una deriva de acción y suspenso que nos deja extenuados y felices al final del camino. Berlín y una española (perfecta Laia Costa) que de tan sola llega a invitar un trago al barman en un boliche nocturno (¡Y el barman le dice que no!). En ese contexto, la idea de que el único tipo que le dio bola en el boliche sea un ladrón que la lleva a sumarse a su raid delictivo no parece tan mala. El uso de los espacios, la Berlín nocturna que pasa del festejo por el robo exitoso a la persecución policial tienen el ritmo y el aliento de la cámara que sigue sin cortes a los protagonistas. En ese camino poco nos afecta que se sacrifique algo de verosimilitud en pos de la urgencia y el ritmo. Victoria nos atrapó en la barra con su oferta rechazada y no nos suelta hasta que se encienden las luces de la sala. Y  esto es casi plenamente literal: la película crece cuando Laia Costa está en pantalla (hay que decir que esto es casi todo el tiempo) y se desinfla un poco en sus breves ausencias.

Con Everything will be fine, Wim Wenders construye su mejor ficción en mucho, muchísimo, tiempo (y no es que en los documentales le haya ido mucho mejor, salvo con Pina). El piloto automático ha llevado a muchos a no darse la posibilidad de relajarse ante una película juguetona y un poquito perversa en la que la sonrisa de James Franco incomoda en esta historia de culpa y redención que incluye el haber matado a un niño con su automóvil. Los lados femeninos de un extrañado triángulo son Charlotte Gainsbourg y Rachel McAdams, que transitan con fluidez una deriva en la que cada vuelta de tuerca del guión propone un nuevo desafío en el estiramiento del verosímil así como un comentario sobre ese dispositivo. Es cierto que frente a las últimas películas de Wenders uno puede sobre-entusiasmarse, pero la película resulta efectivamente atractiva desde su tersura formal y su desafío tonal y temático. En ese sentido,  As we were dreaming, de Andreas Dresen (Nunca es tarde para amar) demuestra un saludable cambio de rumbo tras Stopped on track (presentada en Cannes en 2011) y su regodeo en el cáncer terminal de su protagonista. De niños pioneros y comprometidos en la Alemania del Este a jóvenes que intentan hacerse un lugar en el under techno, la música marca el ritmo del derrotero de los cuatro protagonistas entre el alcohol, las drogas, la falta de dinero y la persecución de los neo-nazis. Un mundo oscuro y vital al que pudimos asomarnos en películas tan diversas como Trainspotting, 24 hours party people o Eden. La última obra de Dresen no se parece a ninguna de ellas pero sí completa una historia al tiempo que cuenta la de la Alemania reciente, haciéndose fuerte en su música.

Taxi, de Jafar Panahi recibió el aplauso generalizado de cierta crítica que nos hace dudar de nuestra reacción a su respecto. El Oso de oro (decisión que, como se sabe, corresponde criticar) nos pone en un lugar aún más incómodo. Pero sí, digámoslo: bancamos a don Panahi incluso en ésta. Travestido como taxista el director de El círculo, El espejo y El globo blanco recorre las calles de Teherán sometido al azar de los viajes que le proponen quienes se suben a su automóvil de alquiler. El machismo y las evidencias de una sociedad sometida a un control permanente por parte del Estado fluyen en cada detalle, al tiempo que el juego entre ficción y realidad se hace un poco más evidente y superficial que en otras películas del realizador. En algunos puntos la presencia del guión resulta clara. Y es que tras la muy inteligente y en algún punto extrema This is not a film pareciera que Panahi ha decidido sacrificar algo de sutileza en pos de la urgencia y la necesidad de decir lo que quiere decir. Así y todo, en modo alguno se subestima al espectador ni se cae en la lógica del “una que sepamos todos”. En su película más lineal desde Offside, Panahi acude al humor y al cruce de múltiples historias para reafirmar cuán presente y relevante sigue siendo su cine. Y para demostrar que no hay censura que pueda contra la inteligencia y la libertad.

Nos han dicho que si afirmamos que Journal d’une femme de chambre (Diario de una camarera), de Benoît Jacquot con Léa Seydoux y Vincent Lindon es una expresión actualizada de lo que alguna vez se conoció como cine qualité es porque no conocemos en profundidad la cultura y en particular la literatura francesa. Puede ser cierto. ¿Pero se les ocurre mayor evidencia de que teníamos razón? Un soporífero, innecesario y superficial regreso a la lucha de clases subterránea que planteaba Octave Mirbeau y que con tanta mejor suerte habían llevado al cine Jean Renoir (1946) y Luis Buñuel (1964). ¡Uhhh, las miserias de la burguesía siguen presentes en el alma francesa! Gracias Jacquot por hacernos sentir inteligentes por cuanto entendemos tu mensaje y nos damos cuenta que eso que contás que pasaba en el 1900 continúa en nuestros días… No necesitamos esas palmaditas en el hombro, por eso quizás reivindicamos el kitsch sin sentido del irregular Sabu, que presentó Chasuke’s journey antes que aceptar estos productos que bajo la pátina y la protección de la etiqueta de cine-arte esconden lo más rancio y arcaico de un cine perimido y sin vida.

Dos últimas referencias a la competencia oficial. Primero, Knight of cups, de Terrence Malick, con Christian Bale, Cate Blanchet y Natalie Portman. El director de La delgada línea roja y El nuevo mundo lleva casi hasta la abstracción la búsqueda iniciada con El árbol de la vida y continuada en To the wonder. Habíamos defendido casi en soledad la primera de esta particular trilogía, pero esto ya nos sabe a insoportable exceso. El diálogo interior de un esclavo del sistema de Hollywood, adicto al éxito es seguido durante dos horas con agotadores planos neumáticos que se cortan en no más de 30 segundos creando una onírica sensación de falsa continuidad en la que las incisiones de la edición generan pequeñas pero perceptibles elipsis o ablaciones. Bale, más envarado que nunca nos guía en este recorrido que si al principio puede resultar bello e interesante, sobre el final nos deja ajenos y extenuados, como si hubiéramos debido cargar nosotros la dollycam los 118 minutos de la narración. En segundo lugar, otro desafío que se conecta con el precedente en lo que hace a su pretensión, exceso y riesgo: Under electric clouds, de Alexey German Jr. Aquí sí esta distopía futurista que se ubica en la Rusia del 2017 funciona perfectamente para recorrer esa Babel imposible e ingobernable. Las historias se dividen en capítulos que en algún punto se cruzan y entremezclan. Las imágenes son, simplemente, impactantes.

La sección Panorama, como corresponde a su título, es el cajón de sastre donde entra cualquier cosa. De la menor y casi documental Absence, de Chico Teixeira (Brasil), que sigue el coming of age de un adolescente en San Pablo que trabaja en un mercado callejero a ese otro joven francés que en  Bizarre (de Étienne Faure) es adoptado por las modelos/prostitutas/meseras que trabajan en un bar de Brooklyn en un producto de explotación soft-porno que parece una publicidad de la década del 90 para terminar en el sólo correcto documental del que tanto más podía esperarse Jia Zhang-ke: um homem de Fenyang, de Walter Salles. Por suerte también hay lugar para rarezas como Dyke hard, de Bitte Andersson, que suma sexo, horror, trash y musical con sensibilidad queer y estética camp. Una querible rareza venida de Suecia (aunque hablada en inglés) imperfecta y feliz en su desprolijidad; elección adecuada para una trasnoche.

¿Lo mejor de esta sección? How to win at checkers (every time), de Josh Kim (Tailandia) y las argentinas El incendio, de Juan Schnitman y Mariposa de Marco Berger. Historias de amor y desencuentros, la tailandesa se hace fuerte en el melodrama en el que la diferencia de clase hace imposible la relación entre dos jóvenes cuando uno de ellos debe hacer el servicio militar obligatorio y el otro logra evitarlo valiéndose de los dineros de su familia. La primera película en solitario del director de El amor-primera parte y Grande para la ciudad se concentra en una pareja joven que está a punto de concretar una operación inmobiliaria que le permitirá tener el primer techo propio. Los agotadores (e incomprensibles desde Berlín) cuidados y burocracias para llevar adelante el coreografiado traslado del dinero de un banco a una inmobiliaria muestran un país y una ciudad crispados, como crispados se hallan los ánimos de esta pareja en la que la pulsión sexual no llega a ocultar del todo ese volcán que subyace bajo la superficie. Pilar Gamboa y Juan Barberini como Lucía y Marcelo se hacen fuertes en los lugares cerrados, aumentando la sensación de peligro y encierro en la que todo parece amenazar a la pareja. Por su parte, Mariposa es –hasta ahora- la obra más lograda del director de Ausente, Plan B y Hawaii. Y no porque no nos gustaran sus películas anteriores. Es que aquí el desafío formal es mayor, al abrir las puertas hacia el cine fantástico con estas vidas posibles en las que el efecto mariposa puede dar lugar a la comedia o a la tragedia. Con mucho humor, con actuaciones perfectas en las que los actores han debido interpretar personajes parecidos pero diferentes en historias mínima o sustancialmente divergentes, Berger construye misterio y tensión erótica, divierte, se mete con distintos tabúes y nos hace gozar. Decir que Ailín Salas es una presencia fulgurante en la pantalla no es ninguna novedad; pero aquí realmente nos deslumbra.

Para el final algo de Forum, usual remanso que este año nos interesó algo menos. Aún en ese contexto para destacar tenemos la muy pertinente película de apertura The forbidden room de Guy Maddin y Evan Johnson. Como de costumbre las derivas del director de Dracula, pages from a virgin’s diary, The saddest music in the world y My Winnipeg (ahora en compañía de Johnson, con quien viene trabajando desde 2009) tienen que ver con el cine silente y el erotismo. Del claustrofóbico encierro en un submarino a las instrucciones para tomar un baño el aparentemente anárquico devenir simula un found footage reconstruido con iguales dosis de amor e ingenuidad, esa ingenuidad necesaria para amar sin límites ni condiciones. Más allá de este buen comienzo, merecen señalarse la eslovaca Koza de Ivan Ostrochovský, ficción permeada por el pasado documentalista de su director, en la que se sigue el intento de regreso (sin gloria, claro) al ring del boxeador Peter Balasz, que alguna vez llegó a las Olimpíadas, y la japonesa The voice of water de Masashi Yamamoto, despareja pero interesante mirada sobre cómo se inventa una religión. También la argentina Mar, de Dominga Sotomayor. Sí, dijimos argentina. Ya sabemos que la directora es la misma de la muy  recomendable De jueves a domingo y que es chilena, pero Mar es una producción argentina filmada, para más datos, en Villa Gesell. Película de pausa, sus 60 minutos bastan para indagar en la vida del incompleto Martín (el Mar del título) y en las peripecias y ridículas coreografías vacacionales. Un disfrutable receso, un descanso de una directora que sigue demostrando que vale la pena prestarle atención.

Para el final lo mejor. Una retrospectiva que por sí sola justifica el viaje a Berlín. Hablamos de “Glorioso Technicolor”, muestra que, con la excusa de los 100 años de esa tecnología, presentó 30 películas en perfectos 35 milímetros recorriendo los primeros experimentos, la animación, el melodrama, el western y el musical. Quien piense que la afirmación precedente resulta exagerada es porque no ha podido constatar de manera tan prístina cuánto más vivo y real es el mundo visto desde el fílmico que ese universo más chato y aparentemente perfecto nos devuelve el reflejo del digital. De los inicios en los que las películas combinaban blanco y negro con color por una cuestión de costos, o se filmaban simultáneamente las dos versiones (en technicolor para EE.UU, blanco y negro para el resto del mundo) como los casos de The toll of the sea (Chester M. Franklin, 1922) y Red skin (Victor Scherzinger, 1929), en las que el sistema implicaba la generación de dos negativos con colores que se superponían, a los espléndidos musicales que nos siguen emocionando en su incomparable belleza como El mago de Oz (Victor Fleming, 1939), Los caballeros las prefieren rubias (Howard Hawks, 1953), Cantando bajo la lluvia (Gene Kelly, Stanley Donen, 1952) y Yolanda and the thief (Vincente Minnelli, 1945). De la apertura y la coda con la pantalla en negro de Lo que el viento se llevó (Victor Fleming, 1939) al primer largometraje de animación de Disney (Blancanieves y los siete enanitos, de 1937). En momentos de cambio, en los que una muestra como esta seguramente será prácticamente imposible en el futuro cercano por la ausencia de proyectores adecuados, la visión de películas como She wore a yellow ribbon (John Ford, 1949), The river (Jean Renoir, 1951), Niagara (Henry Hathaway, 1953), Leave her to heaven (John M. Stahl, 1945), Ivanhoe (Richard Thorpe, 1952), Duelo al sol (King Vidor, 1946), Sangre y arena (Rouben Mamoulian, 1941) y La reina africana (John Huston, 1951), por hablar sólo de las funciones que pudimos presenciar, nos obliga a pensar en el error de dejar relegadas como fenómeno de museo a las proyecciones en fílmico.

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