Magia a la luz de la luna

Por Marcos Rodríguez

No tan a favor

La nueva parada en el paseo turístico de Woody Allen nos lleva a la Provenza. Así como Barcelona era apasionada, Roma era lujuriosa y París, culturosa, Magia a la luz de la luna está llena de un encanto plácido, primaveral, cargado de colores bellos. En este último tramo de la carrera de Woody Allen, la locación pareciera determinar la producción y, también, las historias que se cuentan. Felizmente, el tono que la región inspira en Allen (cercano, tal vez, a una idea luminosa vinculada al impresionismo) produjo como resultado unas de sus películas ligeras, sencillas, esas que todavía nos es dado disfrutar en su obra.

Magia a la luz de la luna es una farsa, un género que Allen viene trabajando desde hace años y que en su cine aparece siempre asociado a la ambientación de época (el presente, en cambio, suele ser sórdido). La película transcurre en la década del veinte, un momento que (más allá de los contextos históricos) en la filmografía de Allen se identifica con un tiempo frívolo, burbujeante, intelectual. Una vidente tiene engañada a la aristocracia ociosa y un mago racionalista intenta desenmascararla; de ahí, una historia de amor. Los elementos teatrales (la farsa, el trabajo de ambos protagonistas a través de la puesta en escena), sumado a la sensación general de entretenimiento ligero terminan engendrando una trama mínima, transparente, casi innecesaria. A esto se suma el enamoramiento (plenamente justificado) de Allen por Emma Stone, su nueva musa a la cual se preocupa siempre por filmar con el sol de espalda y enmarcada por el color verde, que resalta de forma casi sobrenatural su pelo y complexión. Este trabajo con la luz (que recuerda, por ejemplo, a la reciente Renoir, también filmada en la Provenza, una especie de derivado del lugar común sobre el impresionismo) deja en evidencia las prioridades de Allen: más que contar una historia o siquiera filmar una película, le preocupa pasear por paisajes bellos y filmar a una actriz bella que hace cosas frente a la cámara.

El problema de todo este encanto (evidente) en la película es que como consecuencia directa de esta preocupación, Allen parece haber bajado los brazos en cualquier otro frente y, por tanto, sus peores vicios como director terminan saliendo a la luz. La ligereza de la trama y de las interpretaciones desemboca en una despreocupación evidente y burocrática por la puesta en escena (que incluye, por ejemplo, planos largos de Colin Firth desplazándose de un punto al otro en el espacio). El trabajo plástico sobre la luz se termina resolviendo en escenas estáticas, dialogadas, carentes de toda chispa en la que los personajes se paran en plano para verbalizar sus intenciones, sus problemas, sus dilemas y sus resoluciones. Nada pasa en Magia a la luz de la luna que no ocurra a través de un plano medio en el que dos personajes reflexionan con una naturalidad forzada sobre su estado, su pasado y sus deseos (excepto, claro, en el plano en el que Colin Firth habla con Dios y luego consigo mismo, en el cual él aparece solo). La ligereza de Allen está siempre cargada de “preguntas” sobre la existencia, que sus personajes se encargan de enunciar como axiomas que definen sus puntos de vista y la naturaleza de la vida misma. Pero, en el fondo, nada pasa y a nadie le preocupa eso.

Todo esto no sería tan grave si la película no estuviera enamorada exclusivamente de uno de sus protagonistas y no olvidara que se supone que está contando una historia de amor. La cámara ama a Emma Stone, pero probablemente no exista en la historia del cine una pareja con menos química que Emma Stone y Colin Firth. Su atracción es un dato de los diálogos de los personajes, pero no se ve nunca en plano. Stone hace lo que puede con los pocos elementos que tiene para trabajar (más allá de sus ojos y su pelo), pero es difícil para el espectador enamorarse de su amor.

Dicho esto, si uno entra en ese tono ligero que propone Allen (ignorando todas las conversaciones sobre la existencia de Dios y el sentido de la vida, envoltorio pretencioso que pareciera intentar excusar la vacuidad de esta historia), Magia a la luz de la luna funciona como una sucesión de postales luminosas que vamos recorriendo para ver qué tanto más bella puede aparecer Emma Stone en el siguiente plano.

Posiblemente eso alcance para justificar una película.

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